Con nuestra rula azul preparada
partimos en un bus nocturno hacia Arequipa, dormimos del tirón en cómodos
asientos reclinables, y llegamos a la ciudad un inolvidable 1 de Julio sobre
las 6 de la mañana. Era el día de la final España-Italia de la Eurocopa, y
también el día en el que Mario hacía el Ironman de Austria. Arequipa es la
segunda ciudad del Perú en número de habitantes, ciudad con numerosas
construcciones y casas coloniales. En el paseo matutino un vendedor ambulante
se ganó unos soles ya que compramos camisetas de España para acompañar a Salva
que ya llevaba la suya, fuimos a la bonita plaza de Armas con su protesta
minera en el centro y su policía antidisturbios alrededor, paseamos por
callejuelas del centro y visitamos varias iglesias y el monasterio de Santa
Catalina. Pero aquel día teníamos el partido como atracción, y al salir a
buscar un bar para verlo nos cruzamos con una chica española que vio el cielo
abierto al ver a cuatro españoles, a cuál más guapo, y juntos fuimos a un
Hostel donde vimos la gran final. No sabemos los litros de cerveza que llegamos
a beber, ni los chupitos de Pisco que nos sirvieron, ni las canciones que
bailamos, pero la liamos con una conga y con un baile encima de la barra al
ritmo de Balada Boa, la segunda Eurocopa de España bien valía esa celebración y
lo que hiciera falta. Esa noche y con el cuerpo todavía alcoholizado Antón
quería comer vicuña (carne típica de la zona),
que él no se iba de Perú sin probarlo, y cenamos la famosa vicuña como
si jamás en la vida tuviéramos oportunidad de comerla…en los siguientes días
nos dimos cuenta que por sitios donde comer vicuñas no sería…
Al día siguiente, por decir algo,
ya que a las 2 de la mañana estábamos en pie, fuimos al famoso cañón del Colca,
que dicen que es el cañón más profundo del mundo. Había que aclimatarse para
evitar el mal de altura, ya que llegaríamos a estar a 4.900 metros de altura, y
en un ataque de ansiedad nos dio por masticar hojas de coca por un tubo, y
caramelos de coca cada dos por tres, y nos dimos cuenta de una gran capacidad
que tiene Salva a pesar de tener un pequeño mareo. Mientras “Los tres
mosquetros”Antón, Genís y servidor comenzábamos a disfrutar del paisaje y
expectantes mirábamos de observar cóndores; Salva, en un papel que mezclaba a
D’Artagnan y al señor de Treville, lo que observaba Salva…eran los pechos de
una de las francesas que nos acompañaban en la excursión. No sabemos si fruto
de las propiedades de la hoja de coca o de la belleza de los atributos
femeninos de la joven francesa, a nuestro D’ Artagnan se le pasó el mareo, y
juntos pudimos disfrutar de la belleza del vuelo del cóndor a menos de dos
metros de distancia en las hermosas montañas andinas. Seguimos caminando en ese
envidiable entorno, y en una parada en un terreno llano, Antón propuso resolver
una de las incógnitas que habían surgido en el viaje. En una carrera de 100
metros, ¿quién era más veloz, Salva o Adrián? A Salva le vino un mareo
repentino y el valiente Genis se ofreció, yo en mi interior pensé “mierda”…pero
no podía tirarme atrás. Así que a casi 4.000 metros de altura nos pegamos un sprint
que nos dejó muertos, a mí más que al niño que me sacó unos metros. Y así
fuimos avanzando, mientras hablábamos con el gran Marcial, el guía, y
disfrutando del paisaje y haciendo fotos, y como el paisaje era precioso pero
repetitivo pues de vez en cuando mirábamos a la francesa, otro paisaje precioso
y repetitivo. Llegamos a la aldea donde vive la mamá de Marcial que nos hizo de
comer, la entrañable Josefa es esa persona que ves en los reportajes de las
aldeas de los andes. La caminata continuaba hasta un albergue donde hacíamos
noche, y los tres mosqueteros y D’Artagnan aceleramos el paso dejando al grupo
de franceses con un cadáver que parecía que se iba a caer a cada paso. Antón puso
el ritmo en la subida, ya que quería poner su Hematocrito mas alto que el de
Armstrong dopado, y así conseguimos llegar en una horita al lugar donde dormíamos
que era en medio de los Andes, eso sí, con su piscina donde nos dimos un baño
merecido y que no sabemos cómo pero por la mañana estaba vacía, y con
habitaciones muy correctas donde dormir.
Al día siguiente todos partían a
las 5 de la mañana, todos menos nosotros que somos más chulos que nadie, y como
tenemos mas Hematocrito que nadie, partíamos una hora mas tarde y ya daríamos
alcance al resto. Y así lo hicimos, mientras Antón y Salva se peleaban por
subir por el camino recto, Genis y yo lo hacíamos por el camino marcado y
hablando de filosofía, y filosofeando dimos alcance al grupo y conocimos a una
hermosa niña, la hija de Marcial, cuyo nombre nos cautivó-Asiri (sonrisa en
Quechua)-.
La excursión avanzó entre
desayuno muy necesario, un bañito en aguas termales que vino de perlas (donde
volvimos a poner en valor el tema de la francesa), un buffet libre espectacular
para deleite de Antón y Genis que comen por cuatro y una última parada dónde
construimos nuestros Chachani. Los chachani, según la leyenda, son
construcciones de piedra sobre piedra, debes de pedir un deseo y confiar en el
chachani. Y eso es lo que hicimos los tres mosqueteros, porque Salva no se que
hacía en ese momento.
De regreso a Arequipa, dejando
atrás el paisaje fascinante y nuestros deseos, me vino una frase a la mente de
Federico Fellini, que creo que los cuatro viajeros creemos mucho en ella y por
eso logramos ser tan felices. Decía Fellini que nuestros sueños son nuestra
única vida real, así que ya sabéis, no dejéis de soñar.
PD: Mario acabó su Ironman!!
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