martes, 13 de agosto de 2013

Un pueblo llamado Salvación

Aquella mañana la lluvia que caía no nos resultaba molesta, desayunaríamos caliente y en un rato marcharíamos para Atalaya a coger nuestro Bus de vuelta a Cuzco. Mientras disfrutábamos del café nos preguntábamos si los hermanos de Ángel (nuestro guía) y las americanas estaban bien, si habían decidido dar marcha atrás o esperar a que la lluvia remitiese. Nos despedimos de la mamá de Ángel y de sus cariñosos hermanos pequeños, y al hermano adolescente  le regalé una camiseta y mis botas de montaña que creía que no tendría que volver a utilizar en el viaje. Nos fuimos hacia Atalaya, anduvimos sobre los caminos enfangados hasta que llegamos a un paso del río, que al estar más crecido que de costumbre hizo que Genis tuviera que cambiarse de ropa previo cabreo con Ángel que había asegurado que no haría falta. Al llegar al lugar de Atalaya donde teóricamente partía el Bus nos encontramos con sólo dos personas que esperaban el mismo autobús y varios vecinos que daban por descontado que con las lluvias de los últimos días y los desprendimientos de tierra que se habían producido no habría servicio de Bus. Intentamos averiguar si era cierto, y si, al parecer lo más probable debido al estado de las carreteras-que son caminos de tierra- y la lluvia, era que al menos ese día no circularan los autobuses. Los que esperaban el Bus se marcharon, y Genis, Salva y yo nos miramos atónitos sin saber muy bien qué hacer y qué decir. Decidimos esperar ya que Ángel tampoco decía nada. Cuando nuestra paciencia ya daba síntomas de agotamiento y parecía que íbamos a regresar a la casa de la mamá de Ángel ya que lloviendo estábamos atrapados, apareció un Bus que debía de llevarnos a Cuzco, o al menos a una población donde otro automóvil nos llevara a Cuzco. 
Nos subimos con alegría al trasto, Genis y Salva enseguida se durmieron, pero yo no me quería perder el espectáculo. Como no podía ser de otra manera la velocidad era mínima, y los saltos y movimientos eran lo más parecido a una montaña rusa, con la pequeña salvedad de que aquí no había cinturón de seguridad. De vez en cuando el Bus se paraba, al principio no entendía muy bien el por qué, hasta que en una ocasión asomé la cabeza para ver que ocurría. La verdad que a veces en la ignorancia se vive mejor. Debido a los desprendimientos de tierra el camino se había estrechado hasta tal punto que la longitud podía ser menor que la del bus, así que el copiloto se bajaba a comprobarlo y si tenía dudas entre varias personas que bajaban del bus ponían unas piedras y hacían un camino artificial para la rueda del bus, de esa manera intentaban evitar que cayéramos por el precipicio. Yo miraba las caras de Genis y Salva, y miraba el precipicio, mis nervios los tenía que pasar entre la soledad y las risas de los lugareños. Así avanzamos hasta un cruce desbordado por la lluvia, el río se había apoderado del camino, al verlo, dije que no iba a ser posible pasarlo, pero el conductor dijo que pasaría sin problemas. Pisó a fondo y empezó a avanzar, notábamos como las ruedas iban sorteando las piedras, hasta que unas piedras fueron más fuertes que el bus y nos quedamos en medio del río. Salva y Genis no solo se habían despertado sino que reían a carcajadas. El conductor hizo bajar a todos los hombres para empujar, y así lo hicimos, pero por mucho que empujábamos aquello no se movía. La situación era del todo surrealista, allí estábamos los tres mosqueteros, con el agua a la altura de las rodillas, intentando sacar un bus de un cruce que se había convertido en río, sin comida y sin saber qué hacer. Los minutos siguientes nos depararon grandes risas ya que por el camino que había seguido el bus apareció un camión cisterna de tamaño mediano que transportaba petróleo. El conductor y el copiloto se bajaron para analizar si podrían pasar el cruce, con la misma chulería que el conductor del bus dijeron que lo pasarían sin problema y el resultado fue el mismo. Ahora había dos vehículos atrapados: el bus y el camión con petróleo. Mientras seguíamos riendo por no llorar, vimos aparecer al otro lado del cruce un gran camión que traía consigo una gran cuerda para sacar a los dos vehículos atrapados. Entre la fuerza del camión y los hombres que empujábamos se consiguió pasar al otro lado. De nuevo nos subimos al bus…pero para avanzar apenas unos minutos, el conductor paró y dijo que no seguiría porque las carreteras no estaban en buen estado. Pregunté a Ángel cuál era el pueblo más cercano, siempre que no fuera volver, y nos dijo que estaba a unos 10km y su nombre era Salvación. Sin pensarlo dos veces y tras comprar unas galletas que era lo que había en la pequeña tienda donde se paró el bus comenzamos a caminar hacia nuestra particular salvación, pasó poco tiempo para acordarme del regalo de mis botas al hermano de Ángel, tendría que hacer la caminata en chanclas. Recuerdo unas 3 horas de caminata hasta llegar a cruzar un río que bajaba con una fuerza descomunal, de hecho estuvo a punto de arrastrarme la corriente, afortunadamente en el final de la caminata nos acompaño un lugareño del pueblo donde nos dirigíamos y me explicó de qué manera tenía que cruzarlo para evitar ser arrastrado por la corriente. Llegamos a Salvación y nos informaron que un camión estaba transportando a gente hasta un lugar dónde si salía un bus hacia Cuzco. Salía de la plaza en unos minutos. Ángel contrató a la primera moto que pasó, y así lo hicimos uno a uno, yo en último lugar ya que a Salva quedarse sólo le daba pánico. Al llegar yo el camión estaba ya a punto de partir, era una especie de camión militar de unos 20 años, con unas ruedas enormes, con nosotros viajaban personas del lugar que transportaban cosas con destino a Pilcopata. 
El viaje en el camión nos levantó el ánimo ya que estábamos destrozados de la caminata y la falta de comida. El camión iba a gran velocidad y al estar al descubierto cada vez que pasaba por una zona donde los árboles estaban a poca altura teníamos que bajar las cabezas, algunos viajeros despistados se llevaban ramazos que despertaban la risa del resto. Nuestro viaje estaba a punto de finalizar, a lo lejos ya veíamos el bus, parecía que todo nuestra odisea llegaría a su fin…pero se nos pasó por alto un pequeño detalle, todavía quedaba cruzar un río. El camión tanteó el terreno pero no se atrevió a cruzar ese pequeño trecho del río Madre de Dios, no podía ser, todo nuestro esfuerzo es esfumaba, ya estaba anocheciendo y el conductor del bus nos dijo que no podía hacer nada mas. Pero todos los que estábamos en el camión no nos rendimos, cada uno tenía su propia historia y sus planes de futuro inmediatos y no nos resignamos a irnos sin mas. Así que presionamos hasta que conseguimos que una embarcación viniera a por nosotros, y así, completamente de noche, cansados y hambrientos conseguimos llegar al bus que en teoría nos llevaba a Cuzco. Pero nuestra alegría no podía durar mucho, el bus solo llegaría a Pilcopata y dependiendo de la climatología saldría o no el día siguiente. A nuestra llegada a Pilcopata, conseguimos un hostal, cenamos lo poco que encontramos y después de 6 noches dormimos en un colchón que nos sentó de maravilla, a pesar de que yo me desperté lleno de picaduras probablemente de chinches. Finalmente por la mañana tuvimos la oportunidad de contratar un jeep que nos llevaría a Cuzco, ya que el bus era probable que no saliera. Tras 8 horas de viaje llegamos a nuestro hogar en Cuzco, el hostal Tambo de Montero, poníamos fin a nuestra aventura en la selva, felizmente historias para recordar a pesar de tener varios momentos de sufrimiento e incertidumbre. Nadie dijo que la selva era un paseo fácil. Aquella noche saboreamos una buena pizza, varias cervezas y unas copas, y dormimos como angelitos. Se puede decir que finalmente tuvimos un final feliz, a posteriori me vino a la mente la frase de Orson Welles “Tener un final feliz depende por supuesto, de donde quieras que acabe tu historia”. Al amanecer nuestra historia en la selva había finalizado.

domingo, 11 de agosto de 2013

Nuestra aventura en la Selva

 El ritual de la ayahuasca había finalizado al amanecer, y dos horas más tarde ya estábamos preparando una embarcación que recorrería el río Madre de Dios que nos llevaría a Atalaya, pueblo de nuestro guía. Este viaje lo hicimos con las americanas, y la familia de Ángel nos dio un gran recibimiento, tanto su mamá como sus hermanos. Viven en una aldea en medio de la selva, sólo con un grifo de agua corriente que no siempre funciona, casi sin luz, sin servicios, y siempre en lucha porque la comida no escasee. Al atardecer nos enteramos que todo el pueblo va al campo de futbol y se hacen torneos, y una vez más fuimos los chulitos a retar, esta vez con la familia de Ángel. El campo era un  patatal, y las porterías de madera, que cuando golpeaba el balón el larguero se venía abajo. Además si disparabas muy fuerte en una de las porterías la pelota se iba a la densa vegetación tropical y yo era incapaz de encontrarla. Aquí fue la primera derrota que sufrimos los españoles en el Perú, futbolísticamente hablando, para decepción de nuestros anfitriones. Esa noche dormimos en tiendas de campaña en el terreno de la familia de nuestro guía. Al día siguiente comenzaba de verdad nuestra aventura por la selva, subiríamos río arriba, nos introduciríamos lo máximo posible para ver tantos animales como podamos. Sólo llevábamos arroz y algo de cereales, cada día tendríamos que pescar para alimentarnos, y elegir algún lugar dónde plantar las dos tiendas de campaña. Un pequeño detalle, Julio es un buen mes para ir a la selva, ya que no hay lluvias, pero llevaba dos días lloviendo…
En teoría nos despedimos de las americanas y el chamán, ya que no volveríamos a vernos. Ellos habían partido, acompañados de casi todos los hermanos de Ángel y Brian, cargados como mulas porque el dichoso chamán quería llegar a unas pirámides mágicas. Los hermanos decían que era imposible, y menos con una señora de 70 años por muy deportista que fuera, pero lo intentaron.
Nos la prometíamos muy felices, anduvimos a buen ritmo, observamos los primeros monos, hasta que llegamos al río, un río que en esa época tenía que estar con muy poco caudal. Un río que teníamos que subir caminando, pero en muchos puntos el agua nos llegaba al cuello. Esto hizo que en vez de ir en pantalón largo tuviéramos que ponernos bañador, cosa que aprovecharon tantos insectos como pudieron para dejarnos las piernas destrozadas de picaduras. El día avanzaba y la lluvia no cesaba. Anocheció, Ángel pescó un guasaco y lo cenamos con arroz. Estábamos excitados ya que esa noche saldríamos a por caimanes. Linterna en mano y los pies rabiando por las picaduras nos acercamos al río y en silencio esperamos. No tardamos en verlos, es fácil distinguirlos con la linterna ya que los ojos brillan en la oscuridad, en realidad, más que ver caimanes veíamos sus ojos, tanto quietos como deslizándose por el río en busca de alimentos. Esa noche conciliar el sueño era complicado por los muchos ruidos de animales, uno de los cuáles llegó a tocar la tienda donde dormíamos Salva y yo. La ubicación de esa noche para mi era un desastre, entre el rió que subíamos y un lodazal dónde habían caimanes. Al día siguiente el guía con toda la tranquilidad del mundo nos dijo que el animal en cuestión seria un tapir o un caimán…muy tranquilizador. El siguiente día más de lo mismo, avanzábamos muy lentos por el río, no conseguíamos ver animales, y lo más interesante fue que Salva encontró huevos de tortuga, que nos sirvió para comer algo diferente. Un día más y la lluvia no paraba, avanzar era ya un infierno, piedras, troncos que bajaban por el río, había que avanzar en zig-zag con las maletas en la cabeza para no mojarlas. Volvimos a encontrarnos a las americanas ya que no podían avanzar, mis piernas estaban hinchadas por las picaduras y la septuagenaria me pinchó un urbason que me había preparado.
Esa noche nuestras tiendas de campaña estaban muy cerca de la expedición de las americanas, así que nos acercamos en la nocturnidad y estuvimos con los hermanos de Ángel. Intentando pescar primero, Salva consiguió el gran trofeo de pescar un buen guasaco; y hablando de todo un poco después. Nos retiramos a dormir y volvía a llover. Esa noche la lluvia fue más intensa que los días anteriores, en la tienda donde dormíamos Salva y yo el agua comenzaba a calar, llovía y llovía hasta que amaneció.

Al despertarnos vimos sorprendidos como el río había crecido espectacularmente, entre nosotros hablamos que era imposible continuar subiendo río arriba mientras que el guía nos dijo que tendríamos que pasar otra noche allí para decidir que hacíamos. Nosotros lo teníamos claro, esperar no tenía ningún sentido y queríamos volver, ya teníamos suficiente aventura en la Selva. Ángel desapareció durante unas horas, cosa que hizo que Genis perdiera los nervios e insistiera en la idea de volvernos. Pasamos el rato jugando a la lima pero hubo un momento que los tres pensábamos en lo mismo, ir río abajo y huir de la lluviosa selva. Nos estábamos acordando de la madre de nuestro guía Ángel, y no de manera nada cariñosa cuando de repente apareció dando gritos, subido a lo que parecía una barca y nos dijo “nos vamos”. Había desaparecido ya que estaba “construyendo” la barca, que no era otra cosa que cuatro troncos bien tallados juntados con liana y otros dos troncos en cada extremo. Subimos a la barca y mi trasero se hundió en el río, no era lo suficiente estable para aguantar el peso de cuatro personas y sus mochilas, el reto era bajar lo más rápido posible para llegar a tierra antes del anochecer. Para nosotros era un subidón de adrenalina, una auténtica aventura y un reto. Empezamos a descender el río a gran velocidad y pasándolo en grande, teníamos que evitar las rocas y las zonas del río con arboleda, al mismo tiempo que teníamos que evitar volcar o caernos y que las mochilas no cayeran al agua. Las risas de los primeros minutos dieron paso a las burlas entre nosotros cada vez que uno se rascaba con algún árbol o su culo se hundía más de lo previsto en el río y la barca daba síntomas de ruptura. Todo eran risas hasta que chocamos con una roca, los cuatro caímos al agua, las mochilas se empaparon y la barca se rompió. Mientras Salva y yo reíamos, Genis ponía fino al guía llamándole torpe porque consideraba que no llevaba la barca por el sitio adecuado, y este le daba órdenes para intentar arreglar la barca ya que todavía quedaba río por descender y quedaba poca luz del día. Preguntamos el por qué esa imperiosa necesidad de no bajar el río de noche…”porque no es aconsejable estar en el agua con caimanes o peces raya”…Salva y yo dejamos de reír y pasamos a ayudar para reconstruir la barca. Volvimos a subirnos, la precariedad de la embarcación era absoluta, aún así, y entre varios sustos de vuelco llegamos al camino de tierra justo cuando se dejaba de ver con la luz del día. Vimos como lo que quedaba de embarcación se alejaba río abajo, y sacamos las linternas, sólo teníamos dos, así que Ángel y el otro afortunado de la linterna se pusieron en primer y tercer lugar y empezamos a caminar a gran velocidad. Ya era completamente de noche, caminábamos sobre barrizal, cruzamos varios riachuelos, Ángel insistía en que las linternas apuntaran el suelo para repeler a las serpientes que se podían cruzar en el camino. Anduvimos y anduvimos a gran velocidad y de repente Ángel se paró, miraba a izquierda y derecha y reconoció haberse perdido. Genis explotó, cómo puede perderse un guía decía, yo, aunque por dentro estaba más cabreado que Genis, mantuve la cabeza fría y dije “si alguien puede sacarnos de aquí es el mismo que se ha perdido, nosotros lo único que podemos hacer es caminar y caminar”. Y así, caminando y caminando, entre desesperados, preocupados y hambrientos llegamos por fin al poblado de Ángel. La ducha que nos dimos en las duchas comunitarias del poblado y la comida caliente de la madre de Ángel nos supo a gloria. Aquella noche, a pesar de que volvíamos a dormir en la tienda de campaña nos parecía un resort de 5 estrellas, al día siguiente por la mañana salía nuestro autobús para Cuzco aunque en la siguiente entrada verán que no pudimos dormir en Cuzco. A nuestro libro de aventuras en la selva todavía le quedaban capítulos.



miércoles, 27 de marzo de 2013

Abuelita ayahuasca

 Cuando Salva, Genis y servidor nos levantamos, Antón ya no estaba en la habitación. A esas horas estaría volando a Lima, donde cogería su vuelo de vuelta a España para no perderse el partido contra el Betis. Para nosotros empezaba la aventura en la selva, al parque Nacional del Manu. El viaje lo hicimos en compañía de Brian, amigo de Angel que tenía que cuidar de nosotros. Un chico majo, excesivamente conversador y no precisamente espabilado. Fueron bastantes horas hasta llegar a Pilcopata, dónde Angelito, nuestro guía, nos esperaba con un peculiar grupo de americanas y un chamán con su hijo.

Nuestra idea de aventura en la Selva fue cambiando día a día, y al final por el mismo precio conseguimos ir más días y de una forma más aventurera, sin más gente que nosotros, durmiendo en tiendas de campaña e intentando introducirnos lo máximo posible en el interior de la selva para visualizar el máximo de fauna posible. Esto era la teoría, ya veremos como fue la realidad.

Genis, un tipo con inquietudes, nos explicó la existencia de la ayahuasca, algo que el resto de integrantes del viaje desconocíamos. Nos explicó que le haría ilusión hacerlo, se trataba de un ritual en la selva con un chamán, que no sabía a ciencia cierta que se experimentaba pero le apetecía hacerlo. Salva y yo, antidrogas por naturaleza, decíamos que no, pero yo, de naturaleza cambiante y amigo de las nuevas experiencias dije que tomaría una decisión una vez hablara con el chamán. Reconozco que la palabra chamán me causa respeto, y que hablar con uno era para mi algo nuevo e interesante, sorprendentemente nada tenía que ver con todo lo que había pasado por mi mente. El chamán vestía tejano y polar Lacoste, sin duda no era un homenaje a los caimanes que se encontraban en la zona, era un estilo propio. Le interrogué, aunque antes de interrogarlo ya sabía que lo iba ha hacer, y sabía que si yo lo hacía Salva lo haría conmigo. El chamán era un encantador de serpientes, en sentido figurado, porque demostró en los días venideros que era un cobarde, hablaba como un argentino, doraba la píldora, era suabón, un hombre leído que vivía en su burbuja, se creía su papel de chamán, lo mismo te parecía interesante en sus relatos históricos sobre los usos medicinales y litúrgicos de las plantas como te parecía un auténtico loco cuando lo escuchabas decir que a su hijo con dos años le dio ayahuasca. En ese momento no sólo piensas en que está loco, miras a su hijo con preocupación, entonces sales de toda duda, verificas que el hijo le ha dado a la hierba amazónica durante su infancia y no tiene cura. La única pregunta que me preocupaba y le hice fue: “con la ayahuasca, que no deja de ser una droga, se me puede ir la olla y comenzar a correr como un loco por la selva?”. Me dijo que no. Aunque la razón verdadera de animarme a realizar la experiencia fueron las americanas, cuando las conocí un poco y hablé con ellas sabía que lo haría. Reconozco que lo pasamos bien y las recuerdo con cariño. Imaginaos a cuatro mujeres de Texas; una septuagenaria que hace triatlones con su nieto, conocida por haber acabado dos ironman con más de 60 años, la hija de la septuagenaria, una abogada cuarentona, dueña de un conocido buffete de abogados de Texas. Por otra parte teníamos a una profesora de secundaria, y para rizar el rizo una ex agente del FBI, que hablaba un perfecto castellano y había leído a todos los clásicos de nuestra literatura.
El caso, que esa noche íbamos ha hacer un ritual de ayahuasca. Se me olvidaba, la ayahuasca es una planta que en su estado natural es un purgante, pero se mezcla con otras plantas para conseguir el brebaje de la “ayahuasca” que tiene efectos alucinógenos. Es habitual en el Amazonas desde un punto de vista medicinal y espiritual. Dicho todo esto, paso a narrar como fue nuestra experiencia.
La cena recomendada era una sopa ligera, ya que uno de los efectos del ritual puede ser purgatorio, es decir, vomitar, cosa que en caso de suceder es buena ya que limpias tu interior, y si no sucede también es bueno porque no hay nada que purgar. Acto seguido intentamos descansar en unas cabañas en medio de la selva, a las 12 de la noche teníamos que estar en el “comedor” que era un recinto de madera semi-cubierto,(en medio de la selva) y allí fuimos con saco de dormir y botella de agua, ya que si quieres paralizar el efecto de la ayahuasca lo consigues bebiendo agua. La escena cumplía mis expectativas, todos en círculo, a mi izquierda Genís y Salva, hacia mi derecha nuestro guía, el chamán, su hijo y las americanas. El chamán había situado en el suelo una pequeña sabana con símbolos incas, y estaba situando toda una serie de amuletos, instrumentos y velas, aquellos que quisiéramos podíamos dejar algún amuleto también. Sólo lo hizo la profe americana. Salva, Genís y yo estábamos tensos y algo nerviosos, las americanas con mucha normalidad ya que era el cuarto año que iban al Perú para realizar estos rituales. El chamán dirigió una serie de recomendaciones y nos deseó una linda experiencia, preparó un chupito del brebaje y comenzó por las americanas. La escena se repetía, llenaba el vaso se dirigía a uno de nosotros, nos bebíamos el brebaje y nos tumbábamos a esperar. Pasaron unos minutos y no pasaba nada, Genís, Salva y yo nos mirábamos y nos preguntábamos que sentíamos, los tres coincidimos: nada. Me aventuré a llamar al chamán para que nos proporcionara otro chupito y dejamos pasar otros minutos con la misma suerte. Una de las americanas pidió un segundo trago, cosa que aprovechamos para pedir nuestro tercero. Entonces parecía que algo pasaba por mi cuerpo y mente pero de repente el chamán comenzó a cantar algo parecido a esto: “abueliiiiiiita ayahuaaaaaaasca, no me falleeees abueliiiiiiita, curanooooos, sananooooos”. Esto hizo que nos despejáramos y al acabar la canción los tres mosqueteros tras consultar y llegar a la conclusión que ninguno veía y notaba nada pedimos el cuarto chupito. Estaba pasando el cuarto chupito de brebaje por mi garganta y ya me di cuenta que ahora si, ahora íbamos a flipar. Me entraron unas ganas tremendas de vomitar pero conseguía no hacerlo, estaba tumbado y medio grogui, a pesar de todo era consciente de lo que pasaba a mi alrededor y cuando cerraba los ojos viajaba a otro mundo. Un mundo de colores que venían hacia mi en gran velocidad y en diferentes formas, el amarillo era el color predominante, animales, muchas serpientes a mi alrededor, una lucha de imágenes que era incapaz de ordenar se presentaban hacia mi, no me decían nada, solo gesticulaban. Abría los ojos y volvía a la realidad, una de las americanas se había levantado a vomitar y no tuvo tiempo de llegar a la tierra y vomitó dentro del “comedor” me sentía débil y mareado, entonces tocaba con mi mano el suelo, cerraba los ojos y el sol venía hacia mi y me daba energía, revitalizaba y volvía al otro mundo. Ahora empezaba a visualizar momentos de mi pasado, amigos, familia, rostros que decían cosas sin abrir la boca, sonrisas, miradas, todos buenos recuerdos, abrazos, caricias, infancia, universidad. De repente un ruido, abrías los ojos, era Genís que se levantaba a vomitar. Volvía a sentirme débil, volvía a tocar la tierra y volvía el Sol a salvarme. Pero mi lucha por evitar vomitar era cada vez más difícil, y mis eructos cada vez más molestos. Entonces Genís, que hacía un rato había purgado me dijo: “Adri, vomita, te vas a sentir de puta madre y vas a alucinar luego con las sensaciones”. Le hice caso, mi idea era ir al exterior, pero estaba tan drogado que me era imposible ponerme las zapatillas, recordaba que una americana había potado en el interior y me negaba a pisar aquella cosa. De repente una fuerza interna imparable, sólo pude ponerme de pie, acercarme a la barandilla de madera, una barandilla alta y yo bajito dio paso a una imagen para la historia y las risas de Genís y Salva. Conseguí ponerme de puntillas y dejar caer mi peso con los brazos extendidos, era lo mas parecido a la crucifixión de Cristo, y cabeza hacia arriba apoyada en la barandilla empecé un festival que creí que no acabaría nunca. El chamán vino a socorrerme y supongo que si no es por él acabo en el suelo, Genís y Salva querían ayudarme pero sus cuerpos estaban paralizados por la ayahuasca. No paraba de vomitar, una eternidad, ese día había comido poco y seguía y seguía, jamás había vomitado tanto. Al chamán le pedí agua, pero él me masajeaba la nuca con algo caliente que me enfureció, le pedí a gritos agua, pero no para beber, alcancé de su mano mi agua y me la tiré toda por encima. Me dejé caer en el saco de dormir, era un muerto viviente. El chamán se quedó conmigo varios minutos mientras me cantaba y me pasaba unos amuletos por todo el cuerpo. De repente, paz, en la vida había sentido tal sensación, pureza de espíritu, tranquilo con el Mundo, tremendamente feliz. Genís tenía razón. Entonces empecé a viajar por el mundo paralelo que encontraba con los ojos cerrados. Ya no me molestaban las canciones del chamán. Ahora todo era lento, armonioso, de repente se acercaba una serpiente, era una, no miles como antes, y de deslizaba por tu cuerpo, sentías su piel. Más tarde un puma, se paraba cerca de ti, te miraba, se marchaba. Volvían las personas queridas y los recuerdos. Estabas en paz con la pachamama, y uno de mis últimos recuerdos era un cóndor que me dedicaba uno de sus vuelos. Poco a poco fui recuperando la conciencia, le pedí al chamán si podía retirarme a descansar, no pude, el ritual acaba al amanecer con una puesta en común, las vidas de las personas que participan en un ritual de ayahuasca siempre estarán conectadas. Lo que no pude evitar es ir al lavabo, tremenda diarrea. Entre los vómitos y esto, otra cosa no, pero estaba purgado para años. Sólo dos personas no vomitaron, entre ellas Salva. Al amanecer cada uno de nosotros comentó su experiencia.
Al día siguiente todo es bienestar, recuerdo que la abogada americana se me acercó y me dio las gracias. Yo no entendía el por qué. Me dijo que yo vomité tanto porque gracias a mi ella pudo hablar cosas con su hijo de 15 años que hasta ahora no había podido hacer, me utilizó a mi, le dijo que no lo volviera ha hacer. Ellas iban cada año porque entendían que era un tratamiento medicinal, tenían antecedentes en la familia de enfermedades y de esta manera decían que lo evitaban.
Decía Oscar Wilde que vivir es peligroso, pero de no ser así no valdría la pena vivir.
Por cierto, la serpiente, el puma y el cóndor son los animales sagrados de los Incas.
Salva sigue buscando a la abuelita que sigue sin responder a sus preguntas. Genis lo disfrutó mucho!!
En la próxima entrada os contaremos nuestra aventura en la Selva…sin desperdicio.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Un sabio llamado Efrain


La ciudad de Cuzco desde un primer momento nos cautivó, creo que fueron múltiples factores, a saber: habíamos pasado de ser compañeros de viaje a cuatro amigos, los días vividos con anterioridad a la llegada a Cuzco habían creado una relación de confianza y afinidad brutal entre personas que no nos conocíamos. Las dos primeras noches en la ciudad fueron increíbles como se puede leer en la entrada anterior del blog. Estábamos expectantes e ilusionados porque faltaban pocos días para ir al Machupichu y la Selva. Todo esto, sumado a la arquitectura y ambiente de la ciudad hizo que Cuzco pareciera un lugar conocido. Y cuando cuatro personas crean este buen ambiente solo le pueden pasar cosas buenas, y uno de los recuerdos mas bonitos que yo me llevo de este viaje es el siguiente: paseando por Cuzco, observé una cafetería que parecía italiana, como llevaba todo el viaje sin beber un espresso, propuse entrar para tomar un café. Entramos y nos sentamos en una mesa dónde había una persona de unos 70 años, no había mesas libres en la cafetería. Nos sirvieron y en un momento dado le pregunté si era de la ciudad, el hombre comenzó ha hablar y nos tuvo mas de una hora escuchándolo con una atención inusitada. Nos explicaba que él era cuzqueño, y tuvo a bien no sólo explicarnos muchas cosas de la cultura Inca, sino hacernos pensar, en la energía, en el respeto a la pachamama, en las preguntas sin respuesta de la mitología Inca. Hubiéramos estado con ese hombre horas y horas, y dijimos que después de nuestra visita al Machu-Pichu volveríamos a la cafetería para volver a charlar.
Partimos hacia Aguas Calientes sabiendo que era la última excursión y los últimos días con Antón, que finalmente decidió avanzar su viaje de vuelta para jugar el partido amistoso contra el Betis. Fuimos en una de las típicas furgonetas, lo que no sabíamos era de la pesadez y asquerosidad del viaje. Muchas horas y pocas por carretera, la mayoría era por camino de tierra, camino que se estrechaba y se estrechaba y veías un gran precipicio a uno de los lados. También tienes que pasar mini-puentes de madera, que dices “por ahí no vamos a pasar, el peso no lo va a soportar, por ahí noooo” y de repente el conductor acelera y puente pasado. Pero llegamos vivos hasta la estación de tren, y de aquí dos horas caminando hasta llegar a Machu-Pichu pueblo o Aguas Calientes. Este es un lugar turístico dónde los haya, con alojamientos de todo tipo de precios y con vendedores a la caza de turistas. Pero hay que reconocer que la ubicación de Aguas Calientes es espectacular. Descansa en  un profundo cañón bajo las ruinas, dividido por dos poderosos ríos, y con precipicios de piedra y bosques nubosos. Aquí hicimos noche y nos preparamos porque al día siguiente íbamos por fin al Machu-Pichi.
Recuerdo que antes de ir a dormir, hicimos una copa en un local, y mientras Salva y Antón jugaban al ajedrez, creo que el resultado acabó en tablas, Genís jugaba con un ecuatoriano a un juego de fichas de madera, se hacía una torre con las fichas, se tenían que ir retirando fichas y el que retirara una y cayera la torre pues perdía. Yo no quería jugar, pero tuve que hacerlo y ganar…
Nos levantamos a las 4 de la mañana, desayunamos y comenzamos a caminar. Yendo con Antón, no se trataba sólo de ascender hasta la entrada del recinto del Machu-Pichu, se trataba de llegar los primeros, y así fuimos adelantando a todo lo que nos encontrabamos por delante. Antón y Salva en cabeza, Genís y yo con un ritmo mas pausado pero muy efectivo, y conseguimos el reto, llegamos los primeros, y tuvimos que esperar un buen rato porque hasta las 6 de la mañana no abrían. Tuvimos el honor los 4 de entrar los primeros, y con paso acelerado fuimos avanzando hasta que nos llevamos una hostia, una hostia de belleza, de quedarnos sin palabras, de con solo mirarnos y con tibios comentarios disfrutar casi en soledad de una de las maravillas del mundo. Poco a poco fuimos reaccionado, y aprovechamos para tirar las primeras fotos mientras iban llegando personas al lugar donde nos encontrábamos. Lo que veíamos era mas espectacular que todo lo que nos habían contado. La vida nos seguía regalando felicidad, en este caso, a base de observar el Machu-Pichu en silencio, reflexivamente, como si las preguntas que nos hacíamos interiormente la montaña mágica nos las respondiera con energía positiva. Estoy aquí, pensaba yo, mientras el sol de desperezaba detrás de las montañas, mientras miraba esa ciudad enigmática, mientras hacía y me hacían fotos para la eternidad. Fotos así y asa, fotos con llamas, fotos con amigos.
Nos esforzábamos por ver la famosa cara que hacen las montañas, algunos con mas suerte que otros.
 Y seguimos disfrutando con un guía que nos ilustraba sobre lo que se conoce de Machu-Pichu y sobre lo que se desconoce. Y después del guía éramos 4 afortunados que teníamos acceso al huayna pichu (lo he visto escrito de diferentes maneras), ascenso que disfrutamos y nos dio otra panorámica de la ciudad Inca, del espectacular yacimiento arqueológico en el que habíamos estado minutos antes.
Al bajar de nuevo al yacimiento sobre las 11 de la mañana se acabó todo el encanto, los miles y miles de turistas que se concentran a esa hora convierten a esa maravilla del mundo en Port Aventura, así que decidimos marcharnos, y como somos así de chulos bajamos no caminando no, sino corriendo de piedra en piedra. Así que no nos quedó mas remedio que refrescarnos en el río y compartir la última cerveza con nuestro gran amigo Antón.
Y en su honor, en el de un amigo que ha compartido mucho a mi lado durante 4 años y que ahora lo tengo a 1000km de distancia pero muy cerca de mi corazón, a un amigo de mis amigos, a un amigo que hizo nuestro viaje mejor, que hace todos los viajes mejores, acabo esta entrada con una de sus frases. Una frase en uno de esos momentos donde filosofábamos sobre la vida y dijo “nosotros somos compradores de tiempo y no de dinero, por eso somos felices”
Así que Antón nos dejó y yo me quedé con dos personas que habían avanzado mucho en los niveles de amistad, jajaja.
Pero sabíamos que todo nos iba a ir bien, porque los cuatro habíamos aprendido que en nuestros corazones brilla la estrella de nuestro destino.

PD: se me olvidaba mencionar que en Cuzco fuimos a jugar a futbito y retamos a cuzqueños...y ganamos!!!

lunes, 15 de octubre de 2012

La Mística


Quién se puede imaginar que un whatsapp puede modificarte un viaje?  Pues que se lo pregunten a Antón, que al llegar del lago Titicaca vio un mensaje en su móvil que decía “14 de julio, confirmado el partido contra el Betis”. Creéis que renunciará a ir a la selva y adelantaría el billete de vuelta por un partido amistoso de pretemporada? Yo tenía claro la respuesta. En siguientes entradas lo desvelaré.

De madrugada llegamos a la estación de buses de Cuzco, agarramos un taxi que nos quería dejar en un hostel para llevarse su comisión pero lo veíamos muy alejado del centro. Así que bajamos y decidimos buscar nosotros alojamiento a las 4 de la mañana. Encontramos el hostal Tambo de Montero, que se convertiría en nuestra casa en Cuzco, a lo largo de 12 días ocupamos tres habitaciones diferentes, y algún galán alguna más. Era viernes, y después de descansar pocas horas llegamos a la siguiente conclusión: hoy vamos a cerrar el tema de ir al Machupichu y la selva, pero esta noche y mañana noche nos vamos a meter dos fiestas del copón, que vaya ritmo de viaje llevamos. Salimos a pasear por la preciosa plaza de armas, dónde había manifestación de profesores, y mientras buscábamos la mejor oferta para las excursiones se acercaban preciosas jovencitas muy interesadas en nuestra salud, nos ofrecían con una simpatía inusitada toda clase de masajes. Declinamos la interesante invitación pero aprovechamos para preguntar a tan alegres muchachas un lugar para salir de fiesta, que fuera un lugar con gente local, nada de extranjeros. Nos sugirieron ir a una zona llamada “Las Vegas”. Una vez prácticamente cerrado el tema de cuando y cómo ir al Machupichu, comimos en un pequeño local entre la plaza y el hostal, cuyo joven camarero nos dijo que no recomendaba ir a la zona de “Las Vegas”, y que la discoteca que buscábamos era “La Mística”. El chico con el que finalmente contratamos la excursión de la selva también nos recomendó la misma sala. El chico se llamaba Ángel y lo acabamos llamando Angelito y nos llevó a cenar a un bar de menú barato, difícil de encontrar por la zona turística de Cuzco. De vuelta al hostal compramos lo necesario para hacer un buen botellón. Y con boxeo puesto en la pequeña televisión de la habitación, comenzamos la rueda de duchas, Adrián siempre era el primero y Genis el remolón el último, y comenzamos también la rueda de ron con cola, y comenzó a sonar la música en los móviles, y comenzó a brotar la alegría, y llegaron los bailes y las coreografías de canciones de moda mientras en la tele un derrotado boxeador sangraba tirado en la lona. Y así salimos a la calle, alegres, joviales, con ganas de mucha fiesta, y así el taxista nos acercó a “La Mística”, dónde vivimos dos noches sencillamente espectaculares. La discoteca tiene dos salas, la grande es muy grande, con una zona de baile abajo amplia y en la parte superior como si de un teatro se tratará, hay como balcones que rodean la sala, donde hay espacio para bailar y donde se puede ver toda la zona de baile de la parte inferior. En ambos lados de la parte superior hay dos pódium, y un pequeño escenario entre los dos pisos. Pedimos una botella para los 4, y cuando Genis y yo no habíamos acabado ni el primer cubata de repente vemos a Anton en un podium y a Salva en el otro, dándolo todo y con toda la discoteca pendiente de ellos. El animador de la sala dio la bienvenida a los españoles, y estos mostraban su arte al ritmo de la música. Avanzaba la noche y muchas chicas querían conocernos, solo llevábamos una hora pero uno de nosotros iba a morir. Yo estaba en la barra, intentando servirme otro cubata, y de repente, a lo lejos, observé a Antón, que era el más alto de la discoteca, su caminar era torpe y su cabeza se movía lenta pero buscando algo, nos cruzamos la mirada, e intentó llegar a mi. Mientras avanzaba se llevaba por delante a los pequeños peruanos que parecían bolos de humor amarillo, pero su estabilidad comenzaba a ceder, yo fui hacia él para evitar una posible caída…pero fue tarde. Cuando me quedaba menos de un metro, ese cuerpo alto dijo basta y amortiguando parte de la caída con algún peruano se metió un ostión que no olvidaré en mi vida. Me ayudaron a levantarlo y me dijo “llévame al hostal por favor”, lo saqué como pude, avisé a Genis y Salva que volvería, a ellos los vi poco preocupados pero muy ocupados, nos metimos en un taxi y llegamos al hostal. En toda la puerta potó, subió las escaleras sujetado a mi, abrí la habitación y literalmente cayó muerto en su cama, lo puse un poco de lado y volví en el mismo taxi a la discoteca. Al llegar Genis hablaba por los codos, Salva estaba ocupado con una mujer indígena que al parecer le quería enseñar la cultura de su tribu. Genis comenzó a decirme que no quería irse al hostal, y que ni se me pasara por la cabeza llevarle al hostal, yo le decía que no, que nos íbamos a ir a otra discoteca, pero él no me creía, y mientras íbamos en un taxi hacia la plaza de armas él me hablaba casi gritando y me insistía que él a dormir no iba, que lo llevara de fiesta. No se en que momento pensó que yo quería irme a dormir, pero no se calló la boca hasta que pedimos una cerveza en la discoteca a la que acabábamos de entrar. Ayudó a que no me calentara más la cabeza que en poco tiempo varias tías le comieron la boca, y de todos es sabido que mientras te comes la boca con una chica es imposible hablar. Una de las chicas que hizo callar al pequeño era una psicópata que decía ser lesbiana pero que al parecer era bisexual. Yo me retiré a acompañar a una joven chica, me sabia mal que volviera sola a casa a esas horas. Regresé al hostal y comprobé que Antón estaba vivo, dormí hasta que Salva nos despertó por la mañana, había aprendido cultura indígena. Genis llegó al mediodía, y nos dijo: vaya TRIO estáis hechos, no aguantáis la fiesta…y habló y habló hasta que se quedó dormido.
La segunda noche fue todavía más espectacular e inolvidable. Repetimos botellón en la habitación con música y boxeo. Recordamos a carcajadas la caída de Antón, las aventuras de Genis y sobretodo la belleza de la indígena de Salva que dio mucho juego.
Llegamos a la discoteca y había una cola para entrar que doblaba la esquina, era el día de la amistad que se celebra cada año y la gente sale a celebrarlo por todo lo alto. Anton y yo nos miramos y pensamos lo mismo: esta cola no la hacemos nosotros. Llegamos a la puerta y Antón dijo que éramos los españoles del día anterior, que consumiríamos varias botellas, y acercándose un poco bajó la voz y le dijo que sería recompensado con varias propinas. Pagamos el precio de la entrada y nos saltamos la enorme cola, el portero tuvo su recompensa. La sala estaba a petar, fuimos a la barra y otro portero que también recibía propinas nos dejaba beber en la barra (cosa que estaba prohibida) y nos vigilaba la botella, vasos y hielos. Salva y yo nos quedamos abajo, y Antón se llevó a Genis, él no lo sabía pero iba camino del estrellato. Antón esperó el momento, la canción adecuada, y él y Genis ocuparon los podiums. El animador los reconoció, y anunció por micro que ya volvían a estar allí los amigos españoles. Los hizo bailar, eran observados por todos y todas, y en un momento determinado les pidió que se quitaran la camisa. Antón se movía, hizo un amago pero no se la quitó, los focos de la discoteca pasaron a grabar a Genis, su cuerpo tenía ritmo, parecía un gogó, el animador le pedía sacarse el polo, y él poco a poco, de una manera sensual iba deslizando su polo hacia arriba, y poco a poco sus abdominales se dejaban ver. La sala estallaba en gritos femeninos, los móviles grababan el momento, en los alrededores del podium de Genis las chicas se agolpaban. Y llegó el éxtasis, Genis se deshizo de su polo, dejó su fibrado dorso desnudo, y mientras lo seguía moviendo como un profesional de la noche las mujeres se lo comían con los ojos y gritaban extasiadas. El foco regresó donde Antón, no tenía escapatoria, tenia que inventar algo, y mientras su baile salsero-flamenco cautivaba a la sala, hizo su movimiento sube-baja y poco a poco se fue desabrochando los botones de su camisa. La sala volvía a vibrar.
 Pasear aquella noche por la discoteca era ser mirado constantemente, te tocaban el culo allá por dónde pasaras, y te pedían bailar cada canción. Salva hizo cuatro amigas, yo bailaba con una chica que Genis me había puesto en bandeja, mientras Antón y Genis seguían paseándose sabiéndose ser los putos amos de aquella noche de locura. Sobra contar más cosas, una de las noches fiesteras más divertidas de mi vida. Simplemente inolvidable, gracias trío por esas dos grandes noches, el momento baile en el podium siempre quedará grabado en mi retina.


PD: se me olvidaba, los cuatro también salimos a bailar en el escenario, jajaja. Ala, hasta la siguiente entrada, estaremos en el Machupichu, y sabremos si Antón abandona el viaje.  

viernes, 21 de septiembre de 2012

Ulises, Rosa y la yaya Epifania.


Salimos de Arequipa con todo organizado para llegar bien temprano a Puno e ir directamente al puerto para visitar el lago Titicaca y sus islas sin necesidad de hacer noche en Puno. Lo conseguimos y todo nos salió casi perfecto, exceptuando unos malos entendidos que solucionamos sacando al doverman que llevo dentro (ante la atenta mirada de Salva que había dejado de sorprenderse de mis ataques fugaces de ira ante los intentos de timo)aunque con la confirmación que nos habían tangado algunos soles. Llegamos a Puno sobre las 6 de la mañana, fuimos al Hostal, nos aseamos y descansamos un rato y a las 9 ya estábamos en el puerto. La embarcación que hace el recorrido por la isla es muy lenta, dicen que por la falta de oxigeno en el agua, es el lago navegable que se encuentra a mayor altura del mundo. El agua es de un azul oscuro oceánico, calmado, con unas vistas a las montañas peruanas y bolivianas a lo lejos, y observando la flora que consistía básicamente en totora a lo cerca. Mientras, algunas aves sobrevolaban el lago, y nosotros hacíamos tiempo entre el interior de la embarcación y el exterior, dónde el sol dañaba la piel a los pocos minutos. Todo iba bien, hasta conocer al freaky del viaje que nos hizo darnos unas risas a su costa. El personaje, malagueño de nacimiento y granadino de adopción, supo ponernos de acuerdo a Genís, a Salva y a mi: nos caía como el culo. Antón lo aguantó varias horas mientras hablaban y hablaban, a decir verdad se aguantaron ambos. Al tío Perú le parecía una mierda comparado con otros destinos, lástima que los destinos con los que los comparaba él no los había visitado, pero un amigo suyo si. Pongo algunos ejemplos, leed las frases entrecomilladas como si escucháis a un chulapón madrileño sabelotodo con un deje andaluz, pero andaluz del interior y rancio, no del gracioso de Cadiz, sino de Marques del siglo XVIII. "El cañon del Colca??? esssso no é un cañon ni é ná, me meo en la caminata del Colca, esso en graná lo que quieraaa. Un cañon é el cañon del colorao...essso si, essso si que é un cañon. Yo no é estao pero un amigo me lo ha dicho. La selva de Perú??? Si tiene suerte vé un mono como mucho a 500 metros, esso no é una selva ni é ná, si quieres ver animales vete a Costa Rica, essso si, ahí si que ves animales. Yo no he estao pero un amigo me lo ha dicho. Las mujeres de Peru?? esso no son mujeres ni son ná, si quieres ver mujeres vete a Colombia, esssso si, essso si que son mujeres. Yo no he estao pero me lo ha dicho un amigo." Y así con todo lo que os podáis imaginar. Casi odiando al personaje llegamos a la isla de los Uros, que son islas flotantes construidas de totora, una especie de junco, comestible en parte, van poniendo capas sobre capas y así consiguen un suelo mullido. La verdad que es muy curioso e interesante verlo en directo e imaginar su vida, para nosotros de lo mas aburrido, para ellos su rutina. Ni que decir tiene que todo turista pasa por allí y te intentan vender de todo, uro que venía le soltábamos un "camisarachi" que quiere decir hola en su idioma, el Amarí, pero no nos escapamos y alguna tontería compramos. Continuamos navegando hasta llegar a la isla de Amantaní que era dónde hacíamos noche en casa de una familia local. Al llegar te reciben las familias -a las que por un sistema rotatorio del que toda la isla se beneficia del turismo- para acompañarte a la correspondiente casa. Nosotros fuimos muy afortunados y nos tocó la casa de la señora Epifania. Era la más mayor, pero a pesar de su edad y de su precario calzado caminaba a buen ritmo subiendo por las aldeas, no olvidemos que estamos a 4000 metros de altura. Por fin llegamos a la casa, mucho mejor de lo que nos podíamos imaginar. Habitaciones amplias y limpias, un pequeño baño, y una cocina de adobe con utensilios muy viejos donde la yaya Epifania cocinaba en el suelo.


Allí estaban el pequeño Ulises y la pequeña Rosa, nietos de Epifania. Y allí descubrí el lado mas tierno de Genís, que desde el primer momento hizo feliz a Ulises jugando a la pelota, y mas tarde enseñando a los niños un juego con canicas al que podían jugar horas y horas hasta aburrirse. Genís hizo un esfuerzo porque los que lo conocemos sabemos que es un chico muy explosivo que solo aguanta 20 minutos en cualquier deporte. Por la tarde todos los turistas de la isla tenían pensado subir al punto mas alto de la isla para ver las vistas. Pero había una pista de futbito, y cuando Antón ve una pista de futbol no hay nada mas importante en este mundo, así que removió cielo y tierra hasta conseguir una pelota y organizar un partido contra los isleños. Partido que ganamos aunque a los 5 minutos estábamos asfixiados y con la cabeza estallando por la altura. Genís duró 20 minutos. Por la noche organizaban en el centro de la isla una fiesta con bailes locales, pero tenía que acompañarnos la yaya Epifania y no queríamos molestarla. La dejamos ir a dormir, y nosotros nos pusimos a hablar de mitología griega y sus dioses, todo por culpa del niño que se llamaba Ulises.Y entre recuerdos mitológicos, imitábamos al freaky granaíno.
 Por la mañana nos despedimos de nuestra familia y de los niños, a los que si por Genis fuera se traería a España. A Epifania le compramos varias telas de alpaca a precios elevados, una manera de agradecer su generosidad y amabilidad. De Amantaní fuimos a la isla de Taquile, una pequeña isla con varias peculiaridades: hablan quechua, los hombres tejen, y según como van vestidos se saben si son solteros o no. La isla tiene vistas muy chulas que recuerdan al Mediterráneo, una isla con mucha luz. Nuestra estancia en el lago Titicaca finalizó con las 3 horas del viaje de vuelta, en el que cambiábamos impresiones políticas con un estudiante frances, un grupo de argentinas y el freaky.

La noche de la charla mitológica, yo dormía en la habitación con Genís, que mientras pensaba que me escuchaba ya se había dormido, algo habitual en él. Pensé en que este viaje había sido cosa del destino, porque ni tenía planificado estas fechas ni el Perú para hacer mis vacaciones, ni mucho menos sabía que el destino me regalaría conocer a Genís y a Salva como los he conocido. Intenté recordar una historia que mi profesora de mitología greco-romana me había explicado en el bachillerato. Recordaba el contenido, unas señoras que hilaban la vida de los humanos desde el nacimiento hasta la muerte, era la personificación del destino. Ahora se los nombres, Parcas en la mitología romana, Mairas en la mitología griega. Yo no lo sabía, pero me lo ha dicho un amigo.
PD: Para mi el destino, tiene algo como explica la mitología, creo que hay alguna Parca que lo tiene tejido, pero como decía el gran fumador de hierba William Shakespeare: " El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros somos los que jugamos". 
Así que si en la anterior entrada recomendaba no dejar de soñar, en esta recomiendo no dejar de jugar nuestras cartas.

jueves, 30 de agosto de 2012

Donde descansan nuestros deseos


Con nuestra rula azul preparada partimos en un bus nocturno hacia Arequipa, dormimos del tirón en cómodos asientos reclinables, y llegamos a la ciudad un inolvidable 1 de Julio sobre las 6 de la mañana. Era el día de la final España-Italia de la Eurocopa, y también el día en el que Mario hacía el Ironman de Austria. Arequipa es la segunda ciudad del Perú en número de habitantes, ciudad con numerosas construcciones y casas coloniales. En el paseo matutino un vendedor ambulante se ganó unos soles ya que compramos camisetas de España para acompañar a Salva que ya llevaba la suya, fuimos a la bonita plaza de Armas con su protesta minera en el centro y su policía antidisturbios alrededor, paseamos por callejuelas del centro y visitamos varias iglesias y el monasterio de Santa Catalina. Pero aquel día teníamos el partido como atracción, y al salir a buscar un bar para verlo nos cruzamos con una chica española que vio el cielo abierto al ver a cuatro españoles, a cuál más guapo, y juntos fuimos a un Hostel donde vimos la gran final. No sabemos los litros de cerveza que llegamos a beber, ni los chupitos de Pisco que nos sirvieron, ni las canciones que bailamos, pero la liamos con una conga y con un baile encima de la barra al ritmo de Balada Boa, la segunda Eurocopa de España bien valía esa celebración y lo que hiciera falta. Esa noche y con el cuerpo todavía alcoholizado Antón quería comer vicuña (carne típica de la zona),  que él no se iba de Perú sin probarlo, y cenamos la famosa vicuña como si jamás en la vida tuviéramos oportunidad de comerla…en los siguientes días nos dimos cuenta que por sitios donde comer vicuñas no sería…
Al día siguiente, por decir algo, ya que a las 2 de la mañana estábamos en pie, fuimos al famoso cañón del Colca, que dicen que es el cañón más profundo del mundo. Había que aclimatarse para evitar el mal de altura, ya que llegaríamos a estar a 4.900 metros de altura, y en un ataque de ansiedad nos dio por masticar hojas de coca por un tubo, y caramelos de coca cada dos por tres, y nos dimos cuenta de una gran capacidad que tiene Salva a pesar de tener un pequeño mareo. Mientras “Los tres mosquetros”Antón, Genís y servidor comenzábamos a disfrutar del paisaje y expectantes mirábamos de observar cóndores; Salva, en un papel que mezclaba a D’Artagnan y al señor de Treville, lo que observaba Salva…eran los pechos de una de las francesas que nos acompañaban en la excursión. No sabemos si fruto de las propiedades de la hoja de coca o de la belleza de los atributos femeninos de la joven francesa, a nuestro D’ Artagnan se le pasó el mareo, y juntos pudimos disfrutar de la belleza del vuelo del cóndor a menos de dos metros de distancia en las hermosas montañas andinas. Seguimos caminando en ese envidiable entorno, y en una parada en un terreno llano, Antón propuso resolver una de las incógnitas que habían surgido en el viaje. En una carrera de 100 metros, ¿quién era más veloz, Salva o Adrián? A Salva le vino un mareo repentino y el valiente Genis se ofreció, yo en mi interior pensé “mierda”…pero no podía tirarme atrás. Así que a casi 4.000 metros de altura nos pegamos un sprint que nos dejó muertos, a mí más que al niño que me sacó unos metros. Y así fuimos avanzando, mientras hablábamos con el gran Marcial, el guía, y disfrutando del paisaje y haciendo fotos, y como el paisaje era precioso pero repetitivo pues de vez en cuando mirábamos a la francesa, otro paisaje precioso y repetitivo. Llegamos a la aldea donde vive la mamá de Marcial que nos hizo de comer, la entrañable Josefa es esa persona que ves en los reportajes de las aldeas de los andes. La caminata continuaba hasta un albergue donde hacíamos noche, y los tres mosqueteros y D’Artagnan aceleramos el paso dejando al grupo de franceses con un cadáver que parecía que se iba a caer a cada paso. Antón puso el ritmo en la subida, ya que quería poner su Hematocrito mas alto que el de Armstrong dopado, y así conseguimos llegar en una horita al lugar donde dormíamos que era en medio de los Andes, eso sí, con su piscina donde nos dimos un baño merecido y que no sabemos cómo pero por la mañana estaba vacía, y con habitaciones muy correctas donde dormir.
Al día siguiente todos partían a las 5 de la mañana, todos menos nosotros que somos más chulos que nadie, y como tenemos mas Hematocrito que nadie, partíamos una hora mas tarde y ya daríamos alcance al resto. Y así lo hicimos, mientras Antón y Salva se peleaban por subir por el camino recto, Genis y yo lo hacíamos por el camino marcado y hablando de filosofía, y filosofeando dimos alcance al grupo y conocimos a una hermosa niña, la hija de Marcial, cuyo nombre nos cautivó-Asiri (sonrisa en Quechua)-.
La excursión avanzó entre desayuno muy necesario, un bañito en aguas termales que vino de perlas (donde volvimos a poner en valor el tema de la francesa), un buffet libre espectacular para deleite de Antón y Genis que comen por cuatro y una última parada dónde construimos nuestros Chachani. Los chachani, según la leyenda, son construcciones de piedra sobre piedra, debes de pedir un deseo y confiar en el chachani. Y eso es lo que hicimos los tres mosqueteros, porque Salva no se que hacía en ese momento.
De regreso a Arequipa, dejando atrás el paisaje fascinante y nuestros deseos, me vino una frase a la mente de Federico Fellini, que creo que los cuatro viajeros creemos mucho en ella y por eso logramos ser tan felices. Decía Fellini que nuestros sueños son nuestra única vida real, así que ya sabéis, no dejéis de soñar.
PD: Mario acabó su Ironman!!