Aquella mañana la lluvia que caía no nos resultaba
molesta, desayunaríamos caliente y en un rato marcharíamos para Atalaya a coger
nuestro Bus de vuelta a Cuzco. Mientras disfrutábamos del café nos
preguntábamos si los hermanos de Ángel (nuestro guía) y las americanas estaban
bien, si habían decidido dar marcha atrás o esperar a que la lluvia remitiese. Nos
despedimos de la mamá de Ángel y de sus cariñosos hermanos pequeños, y al
hermano adolescente le regalé una
camiseta y mis botas de montaña que creía que no tendría que volver a utilizar
en el viaje. Nos fuimos hacia Atalaya, anduvimos sobre los caminos enfangados
hasta que llegamos a un paso del río, que al estar más crecido que de costumbre
hizo que Genis tuviera que cambiarse de ropa previo cabreo con Ángel que había
asegurado que no haría falta. Al llegar al lugar de Atalaya donde teóricamente
partía el Bus nos encontramos con sólo dos personas que esperaban el mismo
autobús y varios vecinos que daban por descontado que con las lluvias de los
últimos días y los desprendimientos de tierra que se habían producido no habría
servicio de Bus. Intentamos averiguar si era cierto, y si, al parecer lo más
probable debido al estado de las carreteras-que son caminos de tierra- y la lluvia,
era que al menos ese día no circularan los autobuses. Los que esperaban el Bus
se marcharon, y Genis, Salva y yo nos miramos atónitos sin saber muy bien qué
hacer y qué decir. Decidimos esperar ya que Ángel tampoco decía nada. Cuando
nuestra paciencia ya daba síntomas de agotamiento y parecía que íbamos a
regresar a la casa de la mamá de Ángel ya que lloviendo estábamos atrapados,
apareció un Bus que debía de llevarnos a Cuzco, o al menos a una población
donde otro automóvil nos llevara a Cuzco.
Nos subimos con alegría al trasto,
Genis y Salva enseguida se durmieron, pero yo no me quería perder el
espectáculo. Como no podía ser de otra manera la velocidad era mínima, y los
saltos y movimientos eran lo más parecido a una montaña rusa, con la pequeña salvedad
de que aquí no había cinturón de seguridad. De vez en cuando el Bus se paraba,
al principio no entendía muy bien el por qué, hasta que en una ocasión asomé la
cabeza para ver que ocurría. La verdad que a veces en la ignorancia se vive
mejor. Debido a los desprendimientos de tierra el camino se había estrechado
hasta tal punto que la longitud podía ser menor que la del bus, así que el
copiloto se bajaba a comprobarlo y si tenía dudas entre varias personas que
bajaban del bus ponían unas piedras y hacían un camino artificial para la rueda
del bus, de esa manera intentaban evitar que cayéramos por el precipicio. Yo
miraba las caras de Genis y Salva, y miraba el precipicio, mis nervios los
tenía que pasar entre la soledad y las risas de los lugareños. Así avanzamos
hasta un cruce desbordado por la lluvia, el río se había apoderado del camino, al
verlo, dije que no iba a ser posible pasarlo, pero el conductor dijo que
pasaría sin problemas. Pisó a fondo y empezó a avanzar, notábamos como las
ruedas iban sorteando las piedras, hasta que unas piedras fueron más fuertes
que el bus y nos quedamos en medio del río. Salva y Genis no solo se habían
despertado sino que reían a carcajadas. El conductor hizo bajar a todos los
hombres para empujar, y así lo hicimos, pero por mucho que empujábamos aquello
no se movía. La situación era del todo surrealista, allí estábamos los tres
mosqueteros, con el agua a la altura de las rodillas, intentando sacar un bus
de un cruce que se había convertido en río, sin comida y sin saber qué hacer.
Los minutos siguientes nos depararon grandes risas ya que por el camino que
había seguido el bus apareció un camión cisterna de tamaño mediano que
transportaba petróleo. El conductor y el copiloto se bajaron para analizar si
podrían pasar el cruce, con la misma chulería que el conductor del bus dijeron
que lo pasarían sin problema y el resultado fue el mismo. Ahora había dos
vehículos atrapados: el bus y el camión con petróleo. Mientras seguíamos riendo
por no llorar, vimos aparecer al otro lado del cruce un gran camión que traía
consigo una gran cuerda para sacar a los dos vehículos atrapados. Entre la
fuerza del camión y los hombres que empujábamos se consiguió pasar al otro
lado. De nuevo nos subimos al bus…pero para avanzar apenas unos minutos, el
conductor paró y dijo que no seguiría porque las carreteras no estaban en buen
estado. Pregunté a Ángel cuál era el pueblo más cercano, siempre que no fuera
volver, y nos dijo que estaba a unos 10km y su nombre era Salvación. Sin
pensarlo dos veces y tras comprar unas galletas que era lo que había en la
pequeña tienda donde se paró el bus comenzamos a caminar hacia nuestra
particular salvación, pasó poco tiempo para acordarme del regalo de mis botas
al hermano de Ángel, tendría que hacer la caminata en chanclas. Recuerdo unas 3
horas de caminata hasta llegar a cruzar un río que bajaba con una fuerza
descomunal, de hecho estuvo a punto de arrastrarme la corriente,
afortunadamente en el final de la caminata nos acompaño un lugareño del pueblo
donde nos dirigíamos y me explicó de qué manera tenía que cruzarlo para evitar
ser arrastrado por la corriente. Llegamos a Salvación y nos informaron que un
camión estaba transportando a gente hasta un lugar dónde si salía un bus hacia
Cuzco. Salía de la plaza en unos minutos. Ángel contrató a la primera moto que
pasó, y así lo hicimos uno a uno, yo en último lugar ya que a Salva quedarse
sólo le daba pánico. Al llegar yo el camión estaba ya a punto de partir, era
una especie de camión militar de unos 20 años, con unas ruedas enormes, con
nosotros viajaban personas del lugar que transportaban cosas con destino a
Pilcopata.
El viaje en el camión nos levantó el ánimo ya que estábamos
destrozados de la caminata y la falta de comida. El camión iba a gran velocidad
y al estar al descubierto cada vez que pasaba por una zona donde los árboles
estaban a poca altura teníamos que bajar las cabezas, algunos viajeros
despistados se llevaban ramazos que despertaban la risa del resto. Nuestro
viaje estaba a punto de finalizar, a lo lejos ya veíamos el bus, parecía que
todo nuestra odisea llegaría a su fin…pero se nos pasó por alto un pequeño
detalle, todavía quedaba cruzar un río. El camión tanteó el terreno pero no se
atrevió a cruzar ese pequeño trecho del río Madre de Dios, no podía ser, todo
nuestro esfuerzo es esfumaba, ya estaba anocheciendo y el conductor del bus nos
dijo que no podía hacer nada mas. Pero todos los que estábamos en el camión no
nos rendimos, cada uno tenía su propia historia y sus planes de futuro
inmediatos y no nos resignamos a irnos sin mas. Así que presionamos hasta que
conseguimos que una embarcación viniera a por nosotros, y así, completamente de
noche, cansados y hambrientos conseguimos llegar al bus que en teoría nos
llevaba a Cuzco. Pero nuestra alegría no podía durar mucho, el bus solo
llegaría a Pilcopata y dependiendo de la climatología saldría o no el día
siguiente. A nuestra llegada a Pilcopata, conseguimos un hostal, cenamos lo
poco que encontramos y después de 6 noches dormimos en un colchón que nos sentó
de maravilla, a pesar de que yo me desperté lleno de picaduras probablemente de
chinches. Finalmente por la mañana tuvimos la oportunidad de contratar un jeep
que nos llevaría a Cuzco, ya que el bus era probable que no saliera. Tras 8
horas de viaje llegamos a nuestro hogar en Cuzco, el hostal Tambo de Montero,
poníamos fin a nuestra aventura en la selva, felizmente historias para recordar
a pesar de tener varios momentos de sufrimiento e incertidumbre. Nadie dijo que
la selva era un paseo fácil. Aquella noche saboreamos una buena pizza, varias
cervezas y unas copas, y dormimos como angelitos. Se puede decir que finalmente
tuvimos un final feliz, a posteriori me vino a la mente la frase de Orson
Welles “Tener un final feliz
depende por supuesto, de donde quieras que acabe tu historia”. Al amanecer
nuestra historia en la selva había finalizado.