martes, 13 de agosto de 2013

Un pueblo llamado Salvación

Aquella mañana la lluvia que caía no nos resultaba molesta, desayunaríamos caliente y en un rato marcharíamos para Atalaya a coger nuestro Bus de vuelta a Cuzco. Mientras disfrutábamos del café nos preguntábamos si los hermanos de Ángel (nuestro guía) y las americanas estaban bien, si habían decidido dar marcha atrás o esperar a que la lluvia remitiese. Nos despedimos de la mamá de Ángel y de sus cariñosos hermanos pequeños, y al hermano adolescente  le regalé una camiseta y mis botas de montaña que creía que no tendría que volver a utilizar en el viaje. Nos fuimos hacia Atalaya, anduvimos sobre los caminos enfangados hasta que llegamos a un paso del río, que al estar más crecido que de costumbre hizo que Genis tuviera que cambiarse de ropa previo cabreo con Ángel que había asegurado que no haría falta. Al llegar al lugar de Atalaya donde teóricamente partía el Bus nos encontramos con sólo dos personas que esperaban el mismo autobús y varios vecinos que daban por descontado que con las lluvias de los últimos días y los desprendimientos de tierra que se habían producido no habría servicio de Bus. Intentamos averiguar si era cierto, y si, al parecer lo más probable debido al estado de las carreteras-que son caminos de tierra- y la lluvia, era que al menos ese día no circularan los autobuses. Los que esperaban el Bus se marcharon, y Genis, Salva y yo nos miramos atónitos sin saber muy bien qué hacer y qué decir. Decidimos esperar ya que Ángel tampoco decía nada. Cuando nuestra paciencia ya daba síntomas de agotamiento y parecía que íbamos a regresar a la casa de la mamá de Ángel ya que lloviendo estábamos atrapados, apareció un Bus que debía de llevarnos a Cuzco, o al menos a una población donde otro automóvil nos llevara a Cuzco. 
Nos subimos con alegría al trasto, Genis y Salva enseguida se durmieron, pero yo no me quería perder el espectáculo. Como no podía ser de otra manera la velocidad era mínima, y los saltos y movimientos eran lo más parecido a una montaña rusa, con la pequeña salvedad de que aquí no había cinturón de seguridad. De vez en cuando el Bus se paraba, al principio no entendía muy bien el por qué, hasta que en una ocasión asomé la cabeza para ver que ocurría. La verdad que a veces en la ignorancia se vive mejor. Debido a los desprendimientos de tierra el camino se había estrechado hasta tal punto que la longitud podía ser menor que la del bus, así que el copiloto se bajaba a comprobarlo y si tenía dudas entre varias personas que bajaban del bus ponían unas piedras y hacían un camino artificial para la rueda del bus, de esa manera intentaban evitar que cayéramos por el precipicio. Yo miraba las caras de Genis y Salva, y miraba el precipicio, mis nervios los tenía que pasar entre la soledad y las risas de los lugareños. Así avanzamos hasta un cruce desbordado por la lluvia, el río se había apoderado del camino, al verlo, dije que no iba a ser posible pasarlo, pero el conductor dijo que pasaría sin problemas. Pisó a fondo y empezó a avanzar, notábamos como las ruedas iban sorteando las piedras, hasta que unas piedras fueron más fuertes que el bus y nos quedamos en medio del río. Salva y Genis no solo se habían despertado sino que reían a carcajadas. El conductor hizo bajar a todos los hombres para empujar, y así lo hicimos, pero por mucho que empujábamos aquello no se movía. La situación era del todo surrealista, allí estábamos los tres mosqueteros, con el agua a la altura de las rodillas, intentando sacar un bus de un cruce que se había convertido en río, sin comida y sin saber qué hacer. Los minutos siguientes nos depararon grandes risas ya que por el camino que había seguido el bus apareció un camión cisterna de tamaño mediano que transportaba petróleo. El conductor y el copiloto se bajaron para analizar si podrían pasar el cruce, con la misma chulería que el conductor del bus dijeron que lo pasarían sin problema y el resultado fue el mismo. Ahora había dos vehículos atrapados: el bus y el camión con petróleo. Mientras seguíamos riendo por no llorar, vimos aparecer al otro lado del cruce un gran camión que traía consigo una gran cuerda para sacar a los dos vehículos atrapados. Entre la fuerza del camión y los hombres que empujábamos se consiguió pasar al otro lado. De nuevo nos subimos al bus…pero para avanzar apenas unos minutos, el conductor paró y dijo que no seguiría porque las carreteras no estaban en buen estado. Pregunté a Ángel cuál era el pueblo más cercano, siempre que no fuera volver, y nos dijo que estaba a unos 10km y su nombre era Salvación. Sin pensarlo dos veces y tras comprar unas galletas que era lo que había en la pequeña tienda donde se paró el bus comenzamos a caminar hacia nuestra particular salvación, pasó poco tiempo para acordarme del regalo de mis botas al hermano de Ángel, tendría que hacer la caminata en chanclas. Recuerdo unas 3 horas de caminata hasta llegar a cruzar un río que bajaba con una fuerza descomunal, de hecho estuvo a punto de arrastrarme la corriente, afortunadamente en el final de la caminata nos acompaño un lugareño del pueblo donde nos dirigíamos y me explicó de qué manera tenía que cruzarlo para evitar ser arrastrado por la corriente. Llegamos a Salvación y nos informaron que un camión estaba transportando a gente hasta un lugar dónde si salía un bus hacia Cuzco. Salía de la plaza en unos minutos. Ángel contrató a la primera moto que pasó, y así lo hicimos uno a uno, yo en último lugar ya que a Salva quedarse sólo le daba pánico. Al llegar yo el camión estaba ya a punto de partir, era una especie de camión militar de unos 20 años, con unas ruedas enormes, con nosotros viajaban personas del lugar que transportaban cosas con destino a Pilcopata. 
El viaje en el camión nos levantó el ánimo ya que estábamos destrozados de la caminata y la falta de comida. El camión iba a gran velocidad y al estar al descubierto cada vez que pasaba por una zona donde los árboles estaban a poca altura teníamos que bajar las cabezas, algunos viajeros despistados se llevaban ramazos que despertaban la risa del resto. Nuestro viaje estaba a punto de finalizar, a lo lejos ya veíamos el bus, parecía que todo nuestra odisea llegaría a su fin…pero se nos pasó por alto un pequeño detalle, todavía quedaba cruzar un río. El camión tanteó el terreno pero no se atrevió a cruzar ese pequeño trecho del río Madre de Dios, no podía ser, todo nuestro esfuerzo es esfumaba, ya estaba anocheciendo y el conductor del bus nos dijo que no podía hacer nada mas. Pero todos los que estábamos en el camión no nos rendimos, cada uno tenía su propia historia y sus planes de futuro inmediatos y no nos resignamos a irnos sin mas. Así que presionamos hasta que conseguimos que una embarcación viniera a por nosotros, y así, completamente de noche, cansados y hambrientos conseguimos llegar al bus que en teoría nos llevaba a Cuzco. Pero nuestra alegría no podía durar mucho, el bus solo llegaría a Pilcopata y dependiendo de la climatología saldría o no el día siguiente. A nuestra llegada a Pilcopata, conseguimos un hostal, cenamos lo poco que encontramos y después de 6 noches dormimos en un colchón que nos sentó de maravilla, a pesar de que yo me desperté lleno de picaduras probablemente de chinches. Finalmente por la mañana tuvimos la oportunidad de contratar un jeep que nos llevaría a Cuzco, ya que el bus era probable que no saliera. Tras 8 horas de viaje llegamos a nuestro hogar en Cuzco, el hostal Tambo de Montero, poníamos fin a nuestra aventura en la selva, felizmente historias para recordar a pesar de tener varios momentos de sufrimiento e incertidumbre. Nadie dijo que la selva era un paseo fácil. Aquella noche saboreamos una buena pizza, varias cervezas y unas copas, y dormimos como angelitos. Se puede decir que finalmente tuvimos un final feliz, a posteriori me vino a la mente la frase de Orson Welles “Tener un final feliz depende por supuesto, de donde quieras que acabe tu historia”. Al amanecer nuestra historia en la selva había finalizado.

domingo, 11 de agosto de 2013

Nuestra aventura en la Selva

 El ritual de la ayahuasca había finalizado al amanecer, y dos horas más tarde ya estábamos preparando una embarcación que recorrería el río Madre de Dios que nos llevaría a Atalaya, pueblo de nuestro guía. Este viaje lo hicimos con las americanas, y la familia de Ángel nos dio un gran recibimiento, tanto su mamá como sus hermanos. Viven en una aldea en medio de la selva, sólo con un grifo de agua corriente que no siempre funciona, casi sin luz, sin servicios, y siempre en lucha porque la comida no escasee. Al atardecer nos enteramos que todo el pueblo va al campo de futbol y se hacen torneos, y una vez más fuimos los chulitos a retar, esta vez con la familia de Ángel. El campo era un  patatal, y las porterías de madera, que cuando golpeaba el balón el larguero se venía abajo. Además si disparabas muy fuerte en una de las porterías la pelota se iba a la densa vegetación tropical y yo era incapaz de encontrarla. Aquí fue la primera derrota que sufrimos los españoles en el Perú, futbolísticamente hablando, para decepción de nuestros anfitriones. Esa noche dormimos en tiendas de campaña en el terreno de la familia de nuestro guía. Al día siguiente comenzaba de verdad nuestra aventura por la selva, subiríamos río arriba, nos introduciríamos lo máximo posible para ver tantos animales como podamos. Sólo llevábamos arroz y algo de cereales, cada día tendríamos que pescar para alimentarnos, y elegir algún lugar dónde plantar las dos tiendas de campaña. Un pequeño detalle, Julio es un buen mes para ir a la selva, ya que no hay lluvias, pero llevaba dos días lloviendo…
En teoría nos despedimos de las americanas y el chamán, ya que no volveríamos a vernos. Ellos habían partido, acompañados de casi todos los hermanos de Ángel y Brian, cargados como mulas porque el dichoso chamán quería llegar a unas pirámides mágicas. Los hermanos decían que era imposible, y menos con una señora de 70 años por muy deportista que fuera, pero lo intentaron.
Nos la prometíamos muy felices, anduvimos a buen ritmo, observamos los primeros monos, hasta que llegamos al río, un río que en esa época tenía que estar con muy poco caudal. Un río que teníamos que subir caminando, pero en muchos puntos el agua nos llegaba al cuello. Esto hizo que en vez de ir en pantalón largo tuviéramos que ponernos bañador, cosa que aprovecharon tantos insectos como pudieron para dejarnos las piernas destrozadas de picaduras. El día avanzaba y la lluvia no cesaba. Anocheció, Ángel pescó un guasaco y lo cenamos con arroz. Estábamos excitados ya que esa noche saldríamos a por caimanes. Linterna en mano y los pies rabiando por las picaduras nos acercamos al río y en silencio esperamos. No tardamos en verlos, es fácil distinguirlos con la linterna ya que los ojos brillan en la oscuridad, en realidad, más que ver caimanes veíamos sus ojos, tanto quietos como deslizándose por el río en busca de alimentos. Esa noche conciliar el sueño era complicado por los muchos ruidos de animales, uno de los cuáles llegó a tocar la tienda donde dormíamos Salva y yo. La ubicación de esa noche para mi era un desastre, entre el rió que subíamos y un lodazal dónde habían caimanes. Al día siguiente el guía con toda la tranquilidad del mundo nos dijo que el animal en cuestión seria un tapir o un caimán…muy tranquilizador. El siguiente día más de lo mismo, avanzábamos muy lentos por el río, no conseguíamos ver animales, y lo más interesante fue que Salva encontró huevos de tortuga, que nos sirvió para comer algo diferente. Un día más y la lluvia no paraba, avanzar era ya un infierno, piedras, troncos que bajaban por el río, había que avanzar en zig-zag con las maletas en la cabeza para no mojarlas. Volvimos a encontrarnos a las americanas ya que no podían avanzar, mis piernas estaban hinchadas por las picaduras y la septuagenaria me pinchó un urbason que me había preparado.
Esa noche nuestras tiendas de campaña estaban muy cerca de la expedición de las americanas, así que nos acercamos en la nocturnidad y estuvimos con los hermanos de Ángel. Intentando pescar primero, Salva consiguió el gran trofeo de pescar un buen guasaco; y hablando de todo un poco después. Nos retiramos a dormir y volvía a llover. Esa noche la lluvia fue más intensa que los días anteriores, en la tienda donde dormíamos Salva y yo el agua comenzaba a calar, llovía y llovía hasta que amaneció.

Al despertarnos vimos sorprendidos como el río había crecido espectacularmente, entre nosotros hablamos que era imposible continuar subiendo río arriba mientras que el guía nos dijo que tendríamos que pasar otra noche allí para decidir que hacíamos. Nosotros lo teníamos claro, esperar no tenía ningún sentido y queríamos volver, ya teníamos suficiente aventura en la Selva. Ángel desapareció durante unas horas, cosa que hizo que Genis perdiera los nervios e insistiera en la idea de volvernos. Pasamos el rato jugando a la lima pero hubo un momento que los tres pensábamos en lo mismo, ir río abajo y huir de la lluviosa selva. Nos estábamos acordando de la madre de nuestro guía Ángel, y no de manera nada cariñosa cuando de repente apareció dando gritos, subido a lo que parecía una barca y nos dijo “nos vamos”. Había desaparecido ya que estaba “construyendo” la barca, que no era otra cosa que cuatro troncos bien tallados juntados con liana y otros dos troncos en cada extremo. Subimos a la barca y mi trasero se hundió en el río, no era lo suficiente estable para aguantar el peso de cuatro personas y sus mochilas, el reto era bajar lo más rápido posible para llegar a tierra antes del anochecer. Para nosotros era un subidón de adrenalina, una auténtica aventura y un reto. Empezamos a descender el río a gran velocidad y pasándolo en grande, teníamos que evitar las rocas y las zonas del río con arboleda, al mismo tiempo que teníamos que evitar volcar o caernos y que las mochilas no cayeran al agua. Las risas de los primeros minutos dieron paso a las burlas entre nosotros cada vez que uno se rascaba con algún árbol o su culo se hundía más de lo previsto en el río y la barca daba síntomas de ruptura. Todo eran risas hasta que chocamos con una roca, los cuatro caímos al agua, las mochilas se empaparon y la barca se rompió. Mientras Salva y yo reíamos, Genis ponía fino al guía llamándole torpe porque consideraba que no llevaba la barca por el sitio adecuado, y este le daba órdenes para intentar arreglar la barca ya que todavía quedaba río por descender y quedaba poca luz del día. Preguntamos el por qué esa imperiosa necesidad de no bajar el río de noche…”porque no es aconsejable estar en el agua con caimanes o peces raya”…Salva y yo dejamos de reír y pasamos a ayudar para reconstruir la barca. Volvimos a subirnos, la precariedad de la embarcación era absoluta, aún así, y entre varios sustos de vuelco llegamos al camino de tierra justo cuando se dejaba de ver con la luz del día. Vimos como lo que quedaba de embarcación se alejaba río abajo, y sacamos las linternas, sólo teníamos dos, así que Ángel y el otro afortunado de la linterna se pusieron en primer y tercer lugar y empezamos a caminar a gran velocidad. Ya era completamente de noche, caminábamos sobre barrizal, cruzamos varios riachuelos, Ángel insistía en que las linternas apuntaran el suelo para repeler a las serpientes que se podían cruzar en el camino. Anduvimos y anduvimos a gran velocidad y de repente Ángel se paró, miraba a izquierda y derecha y reconoció haberse perdido. Genis explotó, cómo puede perderse un guía decía, yo, aunque por dentro estaba más cabreado que Genis, mantuve la cabeza fría y dije “si alguien puede sacarnos de aquí es el mismo que se ha perdido, nosotros lo único que podemos hacer es caminar y caminar”. Y así, caminando y caminando, entre desesperados, preocupados y hambrientos llegamos por fin al poblado de Ángel. La ducha que nos dimos en las duchas comunitarias del poblado y la comida caliente de la madre de Ángel nos supo a gloria. Aquella noche, a pesar de que volvíamos a dormir en la tienda de campaña nos parecía un resort de 5 estrellas, al día siguiente por la mañana salía nuestro autobús para Cuzco aunque en la siguiente entrada verán que no pudimos dormir en Cuzco. A nuestro libro de aventuras en la selva todavía le quedaban capítulos.