La ciudad de Cuzco desde
un primer momento nos cautivó, creo que fueron múltiples factores, a saber: habíamos
pasado de ser compañeros de viaje a cuatro amigos, los días vividos con
anterioridad a la llegada a Cuzco habían creado una relación de confianza y
afinidad brutal entre personas que no nos conocíamos. Las dos primeras noches
en la ciudad fueron increíbles como se puede leer en la entrada anterior del
blog. Estábamos expectantes e ilusionados porque faltaban pocos días para ir al
Machupichu y la Selva. Todo esto, sumado a la arquitectura y ambiente de la
ciudad hizo que Cuzco pareciera un lugar conocido. Y cuando cuatro personas
crean este buen ambiente solo le pueden pasar cosas buenas, y uno de los
recuerdos mas bonitos que yo me llevo de este viaje es el siguiente: paseando
por Cuzco, observé una cafetería que parecía italiana, como llevaba todo el
viaje sin beber un espresso, propuse entrar para tomar un café. Entramos y nos
sentamos en una mesa dónde había una persona de unos 70 años, no había mesas
libres en la cafetería. Nos sirvieron y en un momento dado le pregunté si era
de la ciudad, el hombre comenzó ha hablar y nos tuvo mas de una hora escuchándolo
con una atención inusitada. Nos explicaba que él era cuzqueño, y tuvo a bien no
sólo explicarnos muchas cosas de la cultura Inca, sino hacernos pensar, en la
energía, en el respeto a la pachamama, en las preguntas sin respuesta de la
mitología Inca. Hubiéramos estado con ese hombre horas y horas, y dijimos que
después de nuestra visita al Machu-Pichu volveríamos a la cafetería para volver
a charlar.
Recuerdo que antes de ir
a dormir, hicimos una copa en un local, y mientras Salva y Antón jugaban al
ajedrez, creo que el resultado acabó en tablas, Genís jugaba con un ecuatoriano
a un juego de fichas de madera, se hacía una torre con las fichas, se tenían
que ir retirando fichas y el que retirara una y cayera la torre pues perdía. Yo
no quería jugar, pero tuve que hacerlo y ganar…
Nos levantamos a las 4 de
la mañana, desayunamos y comenzamos a caminar. Yendo con Antón, no se trataba sólo
de ascender hasta la entrada del recinto del Machu-Pichu, se trataba de llegar
los primeros, y así fuimos adelantando a todo lo que nos encontrabamos por
delante. Antón y Salva en cabeza, Genís y yo con un ritmo mas pausado pero muy
efectivo, y conseguimos el reto, llegamos los primeros, y tuvimos que esperar
un buen rato porque hasta las 6 de la mañana no abrían. Tuvimos el honor los 4
de entrar los primeros, y con paso acelerado fuimos avanzando hasta que nos
llevamos una hostia, una hostia de belleza, de quedarnos sin palabras, de con
solo mirarnos y con tibios comentarios disfrutar casi en soledad de una de las
maravillas del mundo. Poco a poco fuimos reaccionado, y aprovechamos para tirar
las primeras fotos mientras iban llegando personas al lugar donde nos encontrábamos.
Lo que veíamos era mas espectacular que todo lo que nos habían contado. La vida
nos seguía regalando felicidad, en este caso, a base de observar el Machu-Pichu
en silencio, reflexivamente, como si las preguntas que nos hacíamos
interiormente la montaña mágica nos las respondiera con energía positiva. Estoy
aquí, pensaba yo, mientras el sol de desperezaba detrás de las montañas,
mientras miraba esa ciudad enigmática, mientras hacía y me hacían fotos para la
eternidad. Fotos así y asa, fotos con llamas, fotos con amigos.
Nos esforzábamos por ver
la famosa cara que hacen las montañas, algunos con mas suerte que otros.
Y seguimos disfrutando con un guía que nos
ilustraba sobre lo que se conoce de Machu-Pichu y sobre lo que se desconoce. Y
después del guía éramos 4 afortunados que teníamos acceso al huayna pichu (lo
he visto escrito de diferentes maneras), ascenso que disfrutamos y nos dio otra
panorámica de la ciudad Inca, del espectacular yacimiento arqueológico en el
que habíamos estado minutos antes.
Al bajar de nuevo al
yacimiento sobre las 11 de la mañana se acabó todo el encanto, los miles y
miles de turistas que se concentran a esa hora convierten a esa maravilla del
mundo en Port Aventura, así que decidimos marcharnos, y como somos así de
chulos bajamos no caminando no, sino corriendo de piedra en piedra. Así que no
nos quedó mas remedio que refrescarnos en el río y compartir la última cerveza
con nuestro gran amigo Antón.
Y en su honor, en el de
un amigo que ha compartido mucho a mi lado durante 4 años y que ahora lo tengo
a 1000km de distancia pero muy cerca de mi corazón, a un amigo de mis amigos, a
un amigo que hizo nuestro viaje mejor, que hace todos los viajes mejores, acabo
esta entrada con una de sus frases. Una frase en uno de esos momentos donde filosofábamos
sobre la vida y dijo “nosotros somos compradores de tiempo y no de dinero, por
eso somos felices”
Así que Antón nos dejó y
yo me quedé con dos personas que habían avanzado mucho en los niveles de
amistad, jajaja.
Pero sabíamos que todo
nos iba a ir bien, porque los cuatro habíamos aprendido que en nuestros
corazones brilla la estrella de nuestro destino.
PD: se me olvidaba mencionar que en Cuzco fuimos a jugar a futbito y retamos a cuzqueños...y ganamos!!!