Cuando Salva, Genis y
servidor nos levantamos, Antón ya no estaba en la habitación. A esas horas
estaría volando a Lima, donde cogería su vuelo de vuelta a España para no
perderse el partido contra el Betis. Para nosotros empezaba la aventura en la
selva, al parque Nacional del Manu. El viaje lo hicimos en compañía de Brian,
amigo de Angel que tenía que cuidar de nosotros. Un chico majo, excesivamente
conversador y no precisamente espabilado. Fueron bastantes horas hasta llegar a
Pilcopata, dónde Angelito, nuestro guía, nos esperaba con un peculiar grupo de
americanas y un chamán con su hijo.
Nuestra idea de aventura
en la Selva fue cambiando día a día, y al final por el mismo precio conseguimos
ir más días y de una forma más aventurera, sin más gente que nosotros,
durmiendo en tiendas de campaña e intentando introducirnos lo máximo posible en
el interior de la selva para visualizar el máximo de fauna posible. Esto era la
teoría, ya veremos como fue la realidad.
Genis, un tipo con
inquietudes, nos explicó la existencia de la ayahuasca, algo que el resto de
integrantes del viaje desconocíamos. Nos explicó que le haría ilusión hacerlo,
se trataba de un ritual en la selva con un chamán, que no sabía a ciencia
cierta que se experimentaba pero le apetecía hacerlo. Salva y yo, antidrogas
por naturaleza, decíamos que no, pero yo, de naturaleza cambiante y amigo de
las nuevas experiencias dije que tomaría una decisión una vez hablara con el
chamán. Reconozco que la palabra chamán me causa respeto, y que hablar con uno
era para mi algo nuevo e interesante, sorprendentemente nada tenía que ver con
todo lo que había pasado por mi mente. El chamán vestía tejano y polar Lacoste,
sin duda no era un homenaje a los caimanes que se encontraban en la zona, era
un estilo propio. Le interrogué, aunque antes de interrogarlo ya sabía que lo
iba ha hacer, y sabía que si yo lo hacía Salva lo haría conmigo. El chamán era
un encantador de serpientes, en sentido figurado, porque demostró en los días
venideros que era un cobarde, hablaba como un argentino, doraba la píldora, era
suabón, un hombre leído que vivía en su burbuja, se creía su papel de chamán,
lo mismo te parecía interesante en sus relatos históricos sobre los usos
medicinales y litúrgicos de las plantas como te parecía un auténtico loco
cuando lo escuchabas decir que a su hijo con dos años le dio ayahuasca. En ese
momento no sólo piensas en que está loco, miras a su hijo con preocupación,
entonces sales de toda duda, verificas que el hijo le ha dado a la hierba
amazónica durante su infancia y no tiene cura. La única pregunta que me
preocupaba y le hice fue: “con la ayahuasca, que no deja de ser una droga, se
me puede ir la olla y comenzar a correr como un loco por la selva?”. Me dijo
que no. Aunque la razón verdadera de animarme a realizar la experiencia fueron
las americanas, cuando las conocí un poco y hablé con ellas sabía que lo haría.
Reconozco que lo pasamos bien y las recuerdo con cariño. Imaginaos a cuatro
mujeres de Texas; una septuagenaria que hace triatlones con su nieto, conocida
por haber acabado dos ironman con más de 60 años, la hija de la septuagenaria,
una abogada cuarentona, dueña de un conocido buffete de abogados de Texas. Por
otra parte teníamos a una profesora de secundaria, y para rizar el rizo una ex
agente del FBI, que hablaba un perfecto castellano y había leído a todos los
clásicos de nuestra literatura.
El caso, que esa noche
íbamos ha hacer un ritual de ayahuasca. Se me olvidaba, la ayahuasca es una
planta que en su estado natural es un purgante, pero se mezcla con otras
plantas para conseguir el brebaje de la “ayahuasca” que tiene efectos
alucinógenos. Es habitual en el Amazonas desde un punto de vista medicinal y
espiritual. Dicho todo esto, paso a narrar como fue nuestra experiencia.
La cena recomendada era
una sopa ligera, ya que uno de los efectos del ritual puede ser purgatorio, es
decir, vomitar, cosa que en caso de suceder es buena ya que limpias tu
interior, y si no sucede también es bueno porque no hay nada que purgar. Acto
seguido intentamos descansar en unas cabañas en medio de la selva, a las 12 de
la noche teníamos que estar en el “comedor” que era un recinto de madera
semi-cubierto,(en medio de la selva) y allí fuimos con saco de dormir y botella
de agua, ya que si quieres paralizar el efecto de la ayahuasca lo consigues
bebiendo agua. La escena cumplía mis expectativas, todos en círculo, a mi
izquierda Genís y Salva, hacia mi derecha nuestro guía, el chamán, su hijo y
las americanas. El chamán había situado en el suelo una pequeña sabana con
símbolos incas, y estaba situando toda una serie de amuletos, instrumentos y
velas, aquellos que quisiéramos podíamos dejar algún amuleto también. Sólo lo
hizo la profe americana. Salva, Genís y yo estábamos tensos y algo nerviosos,
las americanas con mucha normalidad ya que era el cuarto año que iban al Perú
para realizar estos rituales. El chamán dirigió una serie de recomendaciones y
nos deseó una linda experiencia, preparó un chupito del brebaje y comenzó por
las americanas. La escena se repetía, llenaba el vaso se dirigía a uno de
nosotros, nos bebíamos el brebaje y nos tumbábamos a esperar. Pasaron unos
minutos y no pasaba nada, Genís, Salva y yo nos mirábamos y nos preguntábamos
que sentíamos, los tres coincidimos: nada. Me aventuré a llamar al chamán para
que nos proporcionara otro chupito y dejamos pasar otros minutos con la misma
suerte. Una de las americanas pidió un segundo trago, cosa que aprovechamos
para pedir nuestro tercero. Entonces parecía que algo pasaba por mi cuerpo y
mente pero de repente el chamán comenzó a cantar algo parecido a esto:
“abueliiiiiiita ayahuaaaaaaasca, no me falleeees abueliiiiiiita, curanooooos, sananooooos”. Esto hizo que nos
despejáramos y al acabar la canción los tres mosqueteros tras consultar y
llegar a la conclusión que ninguno veía y notaba nada pedimos el cuarto
chupito. Estaba pasando el cuarto chupito de brebaje por mi garganta y ya me di
cuenta que ahora si, ahora íbamos a flipar. Me entraron unas ganas tremendas de
vomitar pero conseguía no hacerlo, estaba tumbado y medio grogui, a pesar de
todo era consciente de lo que pasaba a mi alrededor y cuando cerraba los ojos
viajaba a otro mundo. Un mundo de colores que venían hacia mi en gran velocidad
y en diferentes formas, el amarillo era el color predominante, animales, muchas
serpientes a mi alrededor, una lucha de imágenes que era incapaz de ordenar se
presentaban hacia mi, no me decían nada, solo gesticulaban. Abría los ojos y
volvía a la realidad, una de las americanas se había levantado a vomitar y no
tuvo tiempo de llegar a la tierra y vomitó dentro del “comedor” me sentía débil
y mareado, entonces tocaba con mi mano el suelo, cerraba los ojos y el sol
venía hacia mi y me daba energía, revitalizaba y volvía al otro mundo. Ahora
empezaba a visualizar momentos de mi pasado, amigos, familia, rostros que
decían cosas sin abrir la boca, sonrisas, miradas, todos buenos recuerdos,
abrazos, caricias, infancia, universidad. De repente un ruido, abrías los ojos,
era Genís que se levantaba a vomitar. Volvía a sentirme débil, volvía a tocar
la tierra y volvía el Sol a salvarme. Pero mi lucha por evitar vomitar era cada
vez más difícil, y mis eructos cada vez más molestos. Entonces Genís, que hacía
un rato había purgado me dijo: “Adri, vomita, te vas a sentir de puta madre y
vas a alucinar luego con las sensaciones”. Le hice caso, mi idea era ir al
exterior, pero estaba tan drogado que me era imposible ponerme las zapatillas,
recordaba que una americana había potado en el interior y me negaba a pisar
aquella cosa. De repente una fuerza interna imparable, sólo pude ponerme de
pie, acercarme a la barandilla de madera, una barandilla alta y yo bajito dio
paso a una imagen para la historia y las risas de Genís y Salva. Conseguí
ponerme de puntillas y dejar caer mi peso con los brazos extendidos, era lo mas
parecido a la crucifixión de Cristo, y cabeza hacia arriba apoyada en la
barandilla empecé un festival que creí que no acabaría nunca. El chamán vino a
socorrerme y supongo que si no es por él acabo en el suelo, Genís y Salva
querían ayudarme pero sus cuerpos estaban paralizados por la ayahuasca. No
paraba de vomitar, una eternidad, ese día había comido poco y seguía y seguía, jamás
había vomitado tanto. Al chamán le pedí agua, pero él me masajeaba la nuca con
algo caliente que me enfureció, le pedí a gritos agua, pero no para beber,
alcancé de su mano mi agua y me la tiré toda por encima. Me dejé caer en el
saco de dormir, era un muerto viviente. El chamán se quedó conmigo varios
minutos mientras me cantaba y me pasaba unos amuletos por todo el cuerpo. De
repente, paz, en la vida había sentido tal sensación, pureza de espíritu,
tranquilo con el Mundo, tremendamente feliz. Genís tenía razón. Entonces empecé
a viajar por el mundo paralelo que encontraba con los ojos cerrados. Ya no me
molestaban las canciones del chamán. Ahora todo era lento, armonioso, de
repente se acercaba una serpiente, era una, no miles como antes, y de deslizaba
por tu cuerpo, sentías su piel. Más tarde un puma, se paraba cerca de ti, te
miraba, se marchaba. Volvían las personas queridas y los recuerdos. Estabas en
paz con la pachamama, y uno de mis últimos recuerdos era un cóndor que me
dedicaba uno de sus vuelos. Poco a poco fui recuperando la conciencia, le pedí
al chamán si podía retirarme a descansar, no pude, el ritual acaba al amanecer
con una puesta en común, las vidas de las personas que participan en un ritual
de ayahuasca siempre estarán conectadas. Lo que no pude evitar es ir al lavabo,
tremenda diarrea. Entre los vómitos y esto, otra cosa no, pero estaba purgado
para años. Sólo dos personas no vomitaron, entre ellas Salva. Al amanecer cada
uno de nosotros comentó su experiencia.
Al día siguiente todo es
bienestar, recuerdo que la abogada americana se me acercó y me dio las gracias.
Yo no entendía el por qué. Me dijo que yo vomité tanto porque gracias a mi ella
pudo hablar cosas con su hijo de 15 años que hasta ahora no había podido hacer,
me utilizó a mi, le dijo que no lo volviera ha hacer. Ellas iban cada año
porque entendían que era un tratamiento medicinal, tenían antecedentes en la
familia de enfermedades y de esta manera decían que lo evitaban.
Decía Oscar Wilde que
vivir es peligroso, pero de no ser así no valdría la pena vivir.
Por cierto, la serpiente,
el puma y el cóndor son los animales sagrados de los Incas.
Salva sigue buscando a la abuelita que sigue sin responder a sus preguntas. Genis lo disfrutó mucho!!
En la próxima entrada os
contaremos nuestra aventura en la Selva…sin desperdicio.