miércoles, 27 de marzo de 2013

Abuelita ayahuasca

 Cuando Salva, Genis y servidor nos levantamos, Antón ya no estaba en la habitación. A esas horas estaría volando a Lima, donde cogería su vuelo de vuelta a España para no perderse el partido contra el Betis. Para nosotros empezaba la aventura en la selva, al parque Nacional del Manu. El viaje lo hicimos en compañía de Brian, amigo de Angel que tenía que cuidar de nosotros. Un chico majo, excesivamente conversador y no precisamente espabilado. Fueron bastantes horas hasta llegar a Pilcopata, dónde Angelito, nuestro guía, nos esperaba con un peculiar grupo de americanas y un chamán con su hijo.

Nuestra idea de aventura en la Selva fue cambiando día a día, y al final por el mismo precio conseguimos ir más días y de una forma más aventurera, sin más gente que nosotros, durmiendo en tiendas de campaña e intentando introducirnos lo máximo posible en el interior de la selva para visualizar el máximo de fauna posible. Esto era la teoría, ya veremos como fue la realidad.

Genis, un tipo con inquietudes, nos explicó la existencia de la ayahuasca, algo que el resto de integrantes del viaje desconocíamos. Nos explicó que le haría ilusión hacerlo, se trataba de un ritual en la selva con un chamán, que no sabía a ciencia cierta que se experimentaba pero le apetecía hacerlo. Salva y yo, antidrogas por naturaleza, decíamos que no, pero yo, de naturaleza cambiante y amigo de las nuevas experiencias dije que tomaría una decisión una vez hablara con el chamán. Reconozco que la palabra chamán me causa respeto, y que hablar con uno era para mi algo nuevo e interesante, sorprendentemente nada tenía que ver con todo lo que había pasado por mi mente. El chamán vestía tejano y polar Lacoste, sin duda no era un homenaje a los caimanes que se encontraban en la zona, era un estilo propio. Le interrogué, aunque antes de interrogarlo ya sabía que lo iba ha hacer, y sabía que si yo lo hacía Salva lo haría conmigo. El chamán era un encantador de serpientes, en sentido figurado, porque demostró en los días venideros que era un cobarde, hablaba como un argentino, doraba la píldora, era suabón, un hombre leído que vivía en su burbuja, se creía su papel de chamán, lo mismo te parecía interesante en sus relatos históricos sobre los usos medicinales y litúrgicos de las plantas como te parecía un auténtico loco cuando lo escuchabas decir que a su hijo con dos años le dio ayahuasca. En ese momento no sólo piensas en que está loco, miras a su hijo con preocupación, entonces sales de toda duda, verificas que el hijo le ha dado a la hierba amazónica durante su infancia y no tiene cura. La única pregunta que me preocupaba y le hice fue: “con la ayahuasca, que no deja de ser una droga, se me puede ir la olla y comenzar a correr como un loco por la selva?”. Me dijo que no. Aunque la razón verdadera de animarme a realizar la experiencia fueron las americanas, cuando las conocí un poco y hablé con ellas sabía que lo haría. Reconozco que lo pasamos bien y las recuerdo con cariño. Imaginaos a cuatro mujeres de Texas; una septuagenaria que hace triatlones con su nieto, conocida por haber acabado dos ironman con más de 60 años, la hija de la septuagenaria, una abogada cuarentona, dueña de un conocido buffete de abogados de Texas. Por otra parte teníamos a una profesora de secundaria, y para rizar el rizo una ex agente del FBI, que hablaba un perfecto castellano y había leído a todos los clásicos de nuestra literatura.
El caso, que esa noche íbamos ha hacer un ritual de ayahuasca. Se me olvidaba, la ayahuasca es una planta que en su estado natural es un purgante, pero se mezcla con otras plantas para conseguir el brebaje de la “ayahuasca” que tiene efectos alucinógenos. Es habitual en el Amazonas desde un punto de vista medicinal y espiritual. Dicho todo esto, paso a narrar como fue nuestra experiencia.
La cena recomendada era una sopa ligera, ya que uno de los efectos del ritual puede ser purgatorio, es decir, vomitar, cosa que en caso de suceder es buena ya que limpias tu interior, y si no sucede también es bueno porque no hay nada que purgar. Acto seguido intentamos descansar en unas cabañas en medio de la selva, a las 12 de la noche teníamos que estar en el “comedor” que era un recinto de madera semi-cubierto,(en medio de la selva) y allí fuimos con saco de dormir y botella de agua, ya que si quieres paralizar el efecto de la ayahuasca lo consigues bebiendo agua. La escena cumplía mis expectativas, todos en círculo, a mi izquierda Genís y Salva, hacia mi derecha nuestro guía, el chamán, su hijo y las americanas. El chamán había situado en el suelo una pequeña sabana con símbolos incas, y estaba situando toda una serie de amuletos, instrumentos y velas, aquellos que quisiéramos podíamos dejar algún amuleto también. Sólo lo hizo la profe americana. Salva, Genís y yo estábamos tensos y algo nerviosos, las americanas con mucha normalidad ya que era el cuarto año que iban al Perú para realizar estos rituales. El chamán dirigió una serie de recomendaciones y nos deseó una linda experiencia, preparó un chupito del brebaje y comenzó por las americanas. La escena se repetía, llenaba el vaso se dirigía a uno de nosotros, nos bebíamos el brebaje y nos tumbábamos a esperar. Pasaron unos minutos y no pasaba nada, Genís, Salva y yo nos mirábamos y nos preguntábamos que sentíamos, los tres coincidimos: nada. Me aventuré a llamar al chamán para que nos proporcionara otro chupito y dejamos pasar otros minutos con la misma suerte. Una de las americanas pidió un segundo trago, cosa que aprovechamos para pedir nuestro tercero. Entonces parecía que algo pasaba por mi cuerpo y mente pero de repente el chamán comenzó a cantar algo parecido a esto: “abueliiiiiiita ayahuaaaaaaasca, no me falleeees abueliiiiiiita, curanooooos, sananooooos”. Esto hizo que nos despejáramos y al acabar la canción los tres mosqueteros tras consultar y llegar a la conclusión que ninguno veía y notaba nada pedimos el cuarto chupito. Estaba pasando el cuarto chupito de brebaje por mi garganta y ya me di cuenta que ahora si, ahora íbamos a flipar. Me entraron unas ganas tremendas de vomitar pero conseguía no hacerlo, estaba tumbado y medio grogui, a pesar de todo era consciente de lo que pasaba a mi alrededor y cuando cerraba los ojos viajaba a otro mundo. Un mundo de colores que venían hacia mi en gran velocidad y en diferentes formas, el amarillo era el color predominante, animales, muchas serpientes a mi alrededor, una lucha de imágenes que era incapaz de ordenar se presentaban hacia mi, no me decían nada, solo gesticulaban. Abría los ojos y volvía a la realidad, una de las americanas se había levantado a vomitar y no tuvo tiempo de llegar a la tierra y vomitó dentro del “comedor” me sentía débil y mareado, entonces tocaba con mi mano el suelo, cerraba los ojos y el sol venía hacia mi y me daba energía, revitalizaba y volvía al otro mundo. Ahora empezaba a visualizar momentos de mi pasado, amigos, familia, rostros que decían cosas sin abrir la boca, sonrisas, miradas, todos buenos recuerdos, abrazos, caricias, infancia, universidad. De repente un ruido, abrías los ojos, era Genís que se levantaba a vomitar. Volvía a sentirme débil, volvía a tocar la tierra y volvía el Sol a salvarme. Pero mi lucha por evitar vomitar era cada vez más difícil, y mis eructos cada vez más molestos. Entonces Genís, que hacía un rato había purgado me dijo: “Adri, vomita, te vas a sentir de puta madre y vas a alucinar luego con las sensaciones”. Le hice caso, mi idea era ir al exterior, pero estaba tan drogado que me era imposible ponerme las zapatillas, recordaba que una americana había potado en el interior y me negaba a pisar aquella cosa. De repente una fuerza interna imparable, sólo pude ponerme de pie, acercarme a la barandilla de madera, una barandilla alta y yo bajito dio paso a una imagen para la historia y las risas de Genís y Salva. Conseguí ponerme de puntillas y dejar caer mi peso con los brazos extendidos, era lo mas parecido a la crucifixión de Cristo, y cabeza hacia arriba apoyada en la barandilla empecé un festival que creí que no acabaría nunca. El chamán vino a socorrerme y supongo que si no es por él acabo en el suelo, Genís y Salva querían ayudarme pero sus cuerpos estaban paralizados por la ayahuasca. No paraba de vomitar, una eternidad, ese día había comido poco y seguía y seguía, jamás había vomitado tanto. Al chamán le pedí agua, pero él me masajeaba la nuca con algo caliente que me enfureció, le pedí a gritos agua, pero no para beber, alcancé de su mano mi agua y me la tiré toda por encima. Me dejé caer en el saco de dormir, era un muerto viviente. El chamán se quedó conmigo varios minutos mientras me cantaba y me pasaba unos amuletos por todo el cuerpo. De repente, paz, en la vida había sentido tal sensación, pureza de espíritu, tranquilo con el Mundo, tremendamente feliz. Genís tenía razón. Entonces empecé a viajar por el mundo paralelo que encontraba con los ojos cerrados. Ya no me molestaban las canciones del chamán. Ahora todo era lento, armonioso, de repente se acercaba una serpiente, era una, no miles como antes, y de deslizaba por tu cuerpo, sentías su piel. Más tarde un puma, se paraba cerca de ti, te miraba, se marchaba. Volvían las personas queridas y los recuerdos. Estabas en paz con la pachamama, y uno de mis últimos recuerdos era un cóndor que me dedicaba uno de sus vuelos. Poco a poco fui recuperando la conciencia, le pedí al chamán si podía retirarme a descansar, no pude, el ritual acaba al amanecer con una puesta en común, las vidas de las personas que participan en un ritual de ayahuasca siempre estarán conectadas. Lo que no pude evitar es ir al lavabo, tremenda diarrea. Entre los vómitos y esto, otra cosa no, pero estaba purgado para años. Sólo dos personas no vomitaron, entre ellas Salva. Al amanecer cada uno de nosotros comentó su experiencia.
Al día siguiente todo es bienestar, recuerdo que la abogada americana se me acercó y me dio las gracias. Yo no entendía el por qué. Me dijo que yo vomité tanto porque gracias a mi ella pudo hablar cosas con su hijo de 15 años que hasta ahora no había podido hacer, me utilizó a mi, le dijo que no lo volviera ha hacer. Ellas iban cada año porque entendían que era un tratamiento medicinal, tenían antecedentes en la familia de enfermedades y de esta manera decían que lo evitaban.
Decía Oscar Wilde que vivir es peligroso, pero de no ser así no valdría la pena vivir.
Por cierto, la serpiente, el puma y el cóndor son los animales sagrados de los Incas.
Salva sigue buscando a la abuelita que sigue sin responder a sus preguntas. Genis lo disfrutó mucho!!
En la próxima entrada os contaremos nuestra aventura en la Selva…sin desperdicio.

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